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divendres, 2 de desembre de 2016

De cafés por... Tokyo

Sin duda, es un pecado que no haya publicado ya un "De restaurantes por... Tokyo". Pero es que la variedad de lugares buenos donde comer en la capital japonesa es tal, que me faltaron días para poder hacer una entrada en condiciones con sitios que destaquen entre el resto. Creo que en cualquier barrio tokyota es sencillo encontrar lugares con deliciosos platos de la variadísima gastronomía japonesa. En cambio, lo que si puedo hacer es detallar los cafés más raros en los que pasé algunas de mis tardes en Tokyo y que se deben visitar para entender un poco mejor la manera de ser de los japoneses. 

Café Peloringa

Encontramos este café de pura casualidad, caminando de Ebisu a Shibuya, en la calle pegada a las vías de la línea Yamanote. Traspasar su puerta es volver a los 80: muebles kitsch, música de videojuegos de la época, máquinas para jugar a los invasores del espacio, luces y espejos psicodélicos, complementos que podremos usar para sacarnos selfies (uno de los deportes nacionales de la juventud japonesa)... el dueño es un japonés de estética hippie que vive con su amable y anciana madre, lo cual hace todo aún más curioso y entrañable a la vez.

En el corto menú las cosas tienen nombres extraños, ya que el dueño se dice llegado del planeta Peloringa, de donde se ha traído los muebles y las extrañas gafas y otros complementos ofrecidos. Todo se sirve en platos y vasos muy retro. Recomiendo las tartas de queso o de queso con chocolate. Para beber nos pedimos un gin-tonic cada uno: solo el alcohol nos podía ayudar a meternos en el mundo sideral de aquella mini-familia nipona.

Mientras esperábamos las tartas y las copas nos probamos algunas de las curiosas gafas y jugamos al juego "Space-Invaders" que además hacía las veces de mesa. La música electrónica de videojuego del local hace que la experiencia sea redonda. 

Fukuro No Mise (Café de los búhos)

Había oído hablar mucho de estos cafés (hay varios en Tokyo) por lo que no pude resistirme visitar uno de ellos. Hay que pagar una entrada de alrededor 20 euros, que incluye estar allí alrededor de una hora, además de una desabrida bebida (café de máquina, té de sobre o un batido de polvos de chocolate o fresa). Uno no viene a este café a relajarse, sino a disfrazarse de Harry Potter con capa, bufanda y gafas (disponibles para los clientes) y poder sostener y acariciar a los diferentes búhos y lechuzas domésticas del local. Y sacarse las correspondientes fotos.

Uno llega y se apunta en la lista de espera, escogiendo uno de los diferentes turnos. En grupo, nos harán entrar al destartalado local y tras servirnos nuestra bebida, la dueña nos explicará las reglas a seguir. No hay que mezclar a las lechuzas y búhos pequeños con las grandes, ya que por reflejo salvaje las grandes tienden a cazar todo lo que vuele y podrían herir a las peques. También nos enseñan a como acariciarlas sin hacerles daño. Se pueden posar en el brazo, en el hombro o en la cabeza, al gusto del cliente. Hay muchas muy bonitas, alguno que asusta, pequeñitas, medianos y búhos enormes, sobretodo cuando despliegan sus alas.

Es una experiencia única y curiosa tener a un animal tan fascinante a pocos centímetros de tu cara, y poder observar su plumaje, pico y profundos ojos negros tan de cerca. Intentad no asustarlas o se os cagarán encima. Si las tenéis en la cabeza, mala suerte. Si las tenéis en el brazo, como sabiamente decidí yo, poneros la capa de Harry Potter nada más llegar y así os ahorráis mancharos la ropa. Consejo de mago.

maidreamin (Maid Café)

Los maid cafés son toda una experiencia también, muy bizarra y muy tokyota. Hay varios por toda la ciudad, aunque la mayoría se concentran en Akihabara. La cadena maidreamin es una buena elección ya que las camareras hablan inglés.

Nosotros fuimos a la surcursal Akihabara Electric Town-exit store. Todo decorado en colores pastel, cuando se abren las puertas del estrecho ascensor, uno tiene la impresión de entrar al cuarto de un niña cursi de diez años. Una "maid" nos recibe, vestida en el peculiar uniforme, de forma muy infantil. El menú está atiborrado de platos empalagosos, dignos, otra de vez, de una niñata cursi y consentida. La hamburguesa "osito" es una de las mejores opciones, aunque tienen unas copas de helado buenísimas, eso sí, con el azúcar de una semana allí concentrado.

Para pedir, hay que imitar el sonido de un gato y mover las manitas como tal. Solo así se acercará una de las "maids" a tomaros nota. Luego, cuando traen los platos, otro pequeño ritual ultracursi aparece, acabando haciendo el símbolo del corazón con las manos. Os lo harán repetir antes de entregaros los platos. Personajes de todo pelaje ocupan el local, desde jubilados faltos de atención, grupos de extranjeros, adolescentes locales vestidas de rosa o travestis con maquillajes, tacones y pelucas imposibles. Por algo más de dinero se puede uno hacer fotos con las maid o incluso marcarse algún play-back garrulo con ellas en el mini escenario del local. Nosotros decidimos no hacerlo, ya que era demasiado. No repetiría pero estoy contento de hacer tenido esta experiencia tan rara.

Starbucks

Sí, no me he vuelto loco. La icónica cadena de cafés presente en casi todo el mundo tiene también decenas de locales en Tokyo. Sin embargo, en el famoso cruce de Shibuya hay un Starbucks acristalado en el segundo piso de uno de los edificios que nos permitirá disfrutar de una vista única de los pasos de cebra, pudiendo ver como los millones de japoneses que cada día cruzan por aquí se preparan para pasar por todo lado una vez los semáforos de peatones se ponen en verde.


El menú es el mismo que en el Starbucks de vuestra ciudad, con algunos productos adaptados a Japón o de la estación correspondiente (a los japoneses les encanta celebrar las cuatro estaciones con comidas y bebidas diferentes). Por ejemplo, este otoño se estaba sirviendo una especie de chai-latte de melocotón con trozos de esa fruta que estaba muy bueno pero algo empalagoso. Coged vuestra orden y sentaos en la barra de madera alrededor del enorme ventanal que da al cruce de Shibuya. Es un espectáculo urbano único.

Nyafe Melange (Café de los gatos)

Los cafés de los gatos de Japón son famosos en el mundo entero. En Tokyo abundan. Personalmente fui a uno cerca de mi casa, en Ebisu. Se trata del Nyafe Melange, muy tranquilo y poco frecuentado por turistas. Se paga por tramos de media hora, bebida aparte. Entramos con cuidado, ya que algunos gatos son propensos a querer escaparse. Una vez dentro, más de una veintena de gatos nos esperaban, algunos paseándose o saltando de sofá en sofá y la mayoría durmiendo en las decenas de recovecos que tienen: cajas, cestas, estanterías, mullidos colchones y hasta mini-hamacas. Los cajones del local están llenos de juguetes para gatos, desde ratones falsos a pelotas y peines. Los gatos cuentan además con decenas de instalaciones para escalar o afilarse las uñas.

Cuando planeé esta visita, me imaginaba sentado en uno de los sofás, con un té humeante en una mano y uno de los gordos gatos en mi regazo, ronroneando plácidamente. Sin embargo, los gatos no son lechuzas. Son más listos, más malos y más egoístas. Básicamente la mayoría pasaron ampliamente de nosotros. Como si no existiéramos. Para ganarse la confianza de alguno de estos gatos hay que ser cliente frecuente, venir a menudo, y tener paciencia con alguno de los felinos que aquí viven.

Al finalizar la experiencia gatuna, en el exterior hay algunas estanterías con bonitos recuerdos para regalar a amigos y familiares amantes de los gatos. Todos conocemos a alguien con especial aprecio gatuno. A mí me llamó mucho la atención unos post-its de gatos muy serios que se podían guardar en una mini cajita de cartón plegable.

Nakajima no Ochaya en los jardines Hama-rikyu

Por último, no podría faltar la tradicional casa de té japonesa. Es cierto que en lugares rurales o en Kyoto suelen ser más auténticas, pero también en Tokyo hay varias buenas. Una de las más bonitas es la que está en un pabellón de madera en una isla en mitad del lago artificial de los jardines Hama-rikyu. Quitaos los zapatos antes de entrar al tatami y sentaos en el suelo, frente a una de las tradicionales mesas bajas, mirando hacia el lago. En menos de lo esperado os servirán la bandeja con el tradicional té matcha en su cuenco de cerámica acompañado de un delicioso dulce típico, que se debe comer antes de beber el té, según el ritual.

Antes y después de disfrutar de la mini-ceremonia del té, daos un paseo por estos hermosos jardines, que una vez fueron de la residencia de sogunes Tokugawa, gobernantesb de Japón en nombre del Emperador durante el periodo Edo. El lago artificial se provee de agua de la bahía de Tokyo a través de un ingenioso sistema de esclusas diseñado en el siglo XVII. Tras la Revolución Meiji, el jardín pasó a ser propiedad de la Familia Imperial, como una residencia más, donde iban los miembros de la realeza a cazar patos.

La mayoría de pabellones de madera fueron destruidos en los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial, así como numerosos árboles. En 1945, la Familia Imperial donó los jardines a la ciudad de Tokyo que lo reabrió en 1946, totalmente renovado. Este jardín es el perfecto ejemplo de la estética del periodo Edo. Los pinos negros y albaricoqueros japoneses que lo pueblan son tan perfectos, que uno diría que son bonsais gigantes. Los ultramodernos rascacielos que rodean el jardín dan ese contraste tan brusco entre tradiciones milenarias y futurismo tan habitual en el país del sol naciente. El lugar perfecto para acabar en paz un recorrido por los diferentes tipos de café de Tokyo.

Café Peloringa
Sucursal #1 en la Tierra
Sakuragaoka 3-7, Shibuya-ku
Metro Shibuya

Fukuro No Mise (Café de los búhos)
Chuo-ku, Tsukishima, 1 Chome-1-27-9
Metro Tsukishima


maidreamin (Maid Café)
Sucursal en Akihabara Electric Town-exit store
1-14-1 Sotokanda, Chiyoda-ku, Tokyo
Edificio Takarada-chuodori, piso 3.
Metro Akihabara

Starbucks
Sucursal Shibuya Tsutaya
Udagawacho 21-6 Shibuya-ku
Edificio Q Front
Metro Shibuya

Nyafe Melange (Café de los gatos)
Yubinbango 150-0013, Ebisu, Shibuya-ku
Edificio AsaHitoshi Ebisu, piso 3.
Metro Ebisu

Nakajima no Ochaya en los jardines Hama-rikyu
1-1, Hama Rikyu-teien, Chuo-ku
Metro Shiodome o Tsukijishijo

dilluns, 28 de novembre de 2016

Sapporo & Otaru

Excursión a Hokkaido

Tenía mucha ganas de descubrir la gran prefectura de Hokkaido, la gran isla que forma el norte de Japón. Dos reuniones en Sapporo me hicieron aprovechar y quedarme el fin de semana para conocer algo más el Japón más relajado: Hokkaido representa el 20% del territorio nacional pero allí solo vive el 5% de la población. Las aglomeraciones y colas del resto del país son aquí inexistentes.

Hokkaido era un territorio habitado por las tribus ainu, un pueblo con su propia lengua y tradiciones que mantuvo relaciones comerciales con el clan japonés de los Matsumae, originalmente con el mandato del sogún de defender las fronteras japonesas del norte de los bárbaros. Fue con la restauración Meiji en 1868 cuando el gobierno japonés creó una Comisión de Desarrollo para colonizar Hokkaido y las islas del norte. El principal fin era evitar que los rusos se expandieran por la zona. Estas disputas con Rusia siguen aún hoy muy presentes y las pudimos ver en una exposición en la antigua sede del gobierno de la prefectura. La susodicha comisión empezó a fomentar la inmigración a la isla. Miles de japoneses con poco futuro, como los hijos segundones o la clase samurái, que se había quedado en gran parte desempleada, empezaron a establecerse en Hokkaido en un proceso similar a la conquista del Lejano Oeste en los Estados Unidos. Las costumbres de los ainu, como los tatuajes de las mujeres o los pendientes de los hombres, se fueron prohibiendo con diferentes leyes. Se les quitaron sus tierras y, a pesar de que se les otorgó la ciudadanía japonesa, la discriminación racial era palpable en la educación o el acceso a un trabajo o a una vivienda. La guerra Ruso-japonesa de 1905 fue la primera guerra que ganó Japón a una potencia occidental, lo que le permitió anexionarse varias islas que ya eran habitadas por 400,000 japoneses. Sin embargo, el fin de la II Guerra Mundial hizo que Rusia se las re-anexionara y aún siguen en disputa, que los japoneses llaman como "los territorios del norte".

El desarrollo de Hokkaido continuó y en 1972 Sapporo celebraba orgullosa los Juegos Olímpicos de Invierno, ocho años después de que Tokyo acogiera los de verano. En las últimas décadas el gobierno japonés revirtió la legislación que prohibía la lengua y cultura ainu en un proceso que culminaba en 2008 con la aprobación de una ley que reconocía la existencia de minorías nacionales en Japón, reconociendo la lengua, cultura y religión de los ainu, pueblo que ahora fomenta su idiosincrasia y sigue en la lucha por un mayor reconocimiento de su singularidad.

Llegada a Sapporo

El caso es que llegamos al modernísimo y enorme aeropuerto de Chitose, donde tomamos un bus que nos dejó en el puro centro de Sapporo, la animada capital de la isla, conocida mundialmente por su afamada cerveza. La ciudad está a la misma latitud que Marsella. Sin embargo, la proximidad a Siberia y los fríos vientos que llegan directamente del Polo Norte a través del océano Ártico hacen que las temperaturas sean muchísimo más bajas de lo habitual. Cuando llegamos hacía frío pero sin exagerar. El cielo estaba azul y el sol brillaba, y los árboles estaban de colores amarillos, anaranjados y rojos, dando un aspecto otoñal bellísimo a sus parques y calles.

Con casi dos millones de habitantes, Sapporo acoge cada vez a jóvenes profesionales huyendo de Tokyo y Osaka, buscando viviendas más asequibles y grandes así como mayor calidad de vida, sin sacrificar el hecho de vivir en una gran ciudad con todos los servicios necesarios. Empezamos la visita por el famoso edificio del reloj de Sapporo, construido en madera por los estadounidenses en 1870 y considerado como lugar de nacimiento de la ciudad, actualmente rodeado de modernos rascacielos. Sapporo fue una ciudad de nueva creación, de ahí la perfección cuadrada del damero de sus calles. Japón recibió el apoyo de urbanistas europeos y estadounidenses en su diseño, casi perfecto, con calles rectas y arboladas. Seguimos el paseo por Odori Koen, un amplísimo bulevar con un jardín en el medio, grandes fuentes y varias estatuas, que divide la ciudad en norte y sur y que acaba en la torre de TV de Sapporo, muy similar a la de Tokyo. La iluminación nocturna de la torre es digna de ver. Odori Koen es considerado como el epicentro de la ciudad y es aquí donde tienen lugar las grandes concentraciones festivas o reivindicativas. Seguimos paseando hasta llegar a la modernísima Kita Sanjo Dori, flanqueada de rascacielos de acero y cristal y de árboles iguales con sus hojas amarillas. Al fondo se alza otro edificio tradicional, la antigua sede del gobierno de Hokkaido, el Akarenga, símbolo de la ciudad. Realizado en estilo neobarroco con ladrillos rojos, el edificio contiene ahora exposiciones de todo tipo, desde fauna y flora pasando por la historia de la prefectura o la cultura de los ainu. Una de las exposiciones trataba de las relaciones entre Japón y Rusia respecto a las islas Chishima (o Kuriles para los rusos) que aún hoy se mantienen en disputa y de la que hablé en la introducción.

Seguimos la visita por la anima zona de Tanukikoji, llena de tiendas de todo tipo, ya sea las grandes cadenas internacionales pero también las boutiques más lujosas como Louis Vuitton, Gucci o Hermès. Sapporo es una ciudad tan cosmopolita como el que más. Los neones recuerdan mucho a la zona de Shibuya en Tokyo, especialmente la Tshukisamo Dori, en el cruce de Susukino, con sus gigantescos paneles con anuncios de todo tipo destacando el gigantesco de la cerveza Sapporo. El tranvía recorre estas calles, dando un aspecto único a esta ciudad de vientos helados. Nos tuvimos que meter en un Uniqlo para comprarnos bufandas y guantes porque el frío era insoportable. Estábamos rozando los cero grados y empezó a caer aguanieve. Decidimos comer algo caliente y así probar los típicos ramen de Sapporo. Entramos al Ramen Yokocho, que lleva sirviendo los ramen al estilo local desde 1952, a base de sopa de miso y que incorporan la deliciosa mantequilla de Hokkaido y maíz fresco. Hokkaido es el proveedor de Japón de leche y sus derivados gracias a las lustrosas vacas que pueblan los pastos de la isla. El ramen con mantequilla es perfecto para cargar energías y salir de nuevo a luchar contra los vientos glaciales que soplan aún más fuertes entre los modernos rascacielos de Sapporo.

Nos volvimos en el rápido y limpio metro a nuestro hotel, el Sapporo Nakajima Garden, de la cadena japonesa Mystays, situado frente al parque Nakajima, que cuenta con un gran lago rodeado de árboles que lucían verdes, amarillos, anaranjados y rojos. Eso combinado con los rascacielos nos dio la sensación de estar en el Central Park.

En el canal de Otaru

Al día siguiente, tempranito, nos fuimos a la modernísima estación de JR de Sapporo en uno de los tranvías de la ciudad para tomar el tren a Otaru, una romántica población costera, en el mar que separa a Japón de Rusia, famosa por su marisco y su decadente canal. El trayecto ofrecía un bello panorama de las montañas cubiertas de los colores del otoño así como las bravas aguas del norte del mar de Japón, donde algunos locales hacían surf. Llegamos a la estación de Otaru, que fue término del primer ferrocarril de Hokkaido. Las antiguas farolas de gas del siglo XIX dan un encanto al lugar nada más llegar. Otaru es una ciudad que rezuma historia de su época dorada, cuando se convirtió en el centro de la pesca del arenque. Recorrimos la calle mayor cuesta abajo hacia el famoso canal, donde los antiguos almacenes de pesca aún bordean la pintoresca zona. Pasear por aquí es una antigua delicia, disfrutando de la decadencia exterior de estos edificios pero de sus modernos y confortables interiores, donde diseñadores locales han sabido combinar lo antiguo y lo moderno rozando la perfección.

Seguimos la visita hasta el Nichigin-dori, un calle que se conocía como el pequeño Wall Street del norte, y acogía numerosas sucursales de bancos que daban fe de la importancia financiera de Otaru. El mayor edificio es el antiguo Banco de Japón, con ladrillos y búhos de piedra (en honor a la divinidad guardiana de los ainu). No dejéis de entrar para admirar el techo de piedra del interior de 10 metros de altura. Otro edificio destacable es el del hotel Vibrant Otaru, resultado de la remodelación de otro de los bancos otrora presentes en la calle. En su publicidad dicen que la antigua cámara acorazada se ha reconvertido en una de las habitaciones más populares. Seguimos el paseo por la turística Ironai Odori, llena de tiendas de recuerdos y restaurantes típicos, hasta llegar hasta la tienda de cajas de música de la ciudad, donde se exponen más de 25,000 cajas de música diferentes, todas a la venta. Desde las más clásicas con una bailarina que empieza a dar vueltas desde que abres la caja hasta las más originales con piezas de sushi o cualquier animal que os podáis imaginar. Una de las tiendas más originales que he visto en mi vida.

Tras el empacho de cajas de música nos metimos en LeTao, una estilosa tienda local especializada en dulces a base de suaves quesos elaborados con la famosa leche de Hokkaido. El edificio, con una torre del reloj, imita la arquitectura clásica del siglo XIX, en tonos rosa pastel y verde turquesa que recuerdan a Disneylandia. Los productos a la venta son deliciosos, desde el helado de tres quesos hasta sus tartas de queso helado con chocolate. Toda una perdición sobretodo porque el poquísimo azúcar que usan hacen aún más ricos estos originales postres. Para almorzar nos metimos en un sitio de la misma Ironai Odori a degustar algunas de las piezas pescadas en estas frías aguas. La baja temperatura garantiza que el marisco de aquí sepa mucho mejor, empezando por los diferentes tipos de cangrejos. Pedimos una mezcla de varias patas de cangrejos y algunas gambas. También pedí el típico bol de arroz con uni (el erizo de mar que en Otaru es especialmente rico), huevas de salmón y sushi de salmón, una combinación exquisita que adoran los locales y que llaman "padre e hijo". De postre, una rodaja del riquísimo melón de Hokkaido, renombrado en todo el país y que en Otaru se vende en cada esquina.

Seguimos la caminata hacia el sur de la ciudad, a lo largo del decadente canal, hasta llegar al edificio Nihon Yusen, antigua sede de esta empresa de transporte marítimo, que tenía como principal carga el arenque. Tras su colapso, el gobierno local restauró el magnífico edificio. Vale la pena entrar y observar con nostalgia los interiores, lugares que reflejan el espíritu industrioso de la revolución Meiji, que copió los diseños y la organización capitalista para hacer avanzar Japón. Las ventanillas de madera donde se atendían los pedidos, las lámparas de gas, las barandillas, los elegantes bancos... todo recuerda mucho a un antiguo banco inglés de la era victoriana. Frente a este suntuoso edificio hay un desangelado parque con una estatua de dos abuelos y su nieta con lustrosos zapatos. Si le dais cuerda por la parte de atrás sonará la lúgubre melodía de una caja de música. Entre el helado viento, los árboles sin hojas y que no había un alma alrededor nuestro, la escena era un poco de película de miedo japonesa. Decidimos apretar la marcha y volvernos hacia el centro, no sin antes meternos a visitar el museo de Otaru, situado en un almacén restaurado cerca del canal. Expone un poco de todo: desde la fauna y flora de Hokkaido, hasta piezas de cerámica ainu, pasando por la historia de la ciudad y el desarrollo comercial de la misma. La mejor parte sin duda es la reconstrucción a escala real de una de las calles de la ciudad a finales del siglo XIX, donde se puede ver una tienda de sake, otra de ultramarinos, una de sombreros y hasta una papelería y tienda de tabacos, además de diferentes elementos urbanos de la época.

Hokkaido y su impresionante comida

A pesar del frío que hacía, decidimos tomarnos un helado más antes de dejar Otaru. Nos metimos en un almacén de finales del XIX que ahora alberga el Kita-no-aisukurimu Yasan, un legendario establecimiento donde se sirven deliciosos helados caseros de calabaza, avellanas o chocolate negro pero también de natto (soja fermentada), alubias dulces, tofu, cangrejo, erizo de mar y hasta de tinta de calamar. Toda una experiencia deliciosa, en parte gracias a la excelente calidad de la leche local. Los japoneses nunca fallan en términos de comida. No me cansaré de decir que Japón es el auténtico paraíso de los foodies.

Tomamos el tren para volver a Sappporo y acabar el día cenando en un modernísmo restaurante en los bajos de uno de los rascacielos de la Kita Sanjo Dori, para probar el típico jingisukan, un plato que celebra al caudillo mongol Gengis Khan. Comerlo es todo un ritual: la mesa cuenta con una parrilla cóncava de estilo japonés en el centro donde, una vez caliente, se tira el combinado de vegetales del plato (repollo, brotes de soja, zanahoria, maíz y otros) con la salsa que lo acompaña. Después, se van asando y comiendo diferentes partes del cordero que se sirven al lado. La superficie cóncava se mantiene desde los tiempos en los que los soldados mongoles usaban sus cascos para cocinar encima la carne. Una vez asadas las diferentes piezas, se van comiendo no sin antes mojarlas en un huevo crudo batido. Un plato contundente y muy popular en la isla para pasar bien el invierno de Hokkaido acompañado por una buena jarra de cerveza Sapporo.

El lunes, entre reunión y reunión, almorzamos en el elegante Sapporo Grand Hotel, fundado en 1934 como primer gran hotel de estilo europeo de la ciudad. El restaurante ofrece menús de mediodía a muy buen precio usando ingredientes locales de la estación y presentados de una manera excelente, al estilo de la alta cocina japonesa o kaisekei. Por cierto, un buen souvenir puede comprarse en alguna de las boutiques que la chocolatera local, Royce, tiene en la ciudad. Recomiendo las patatas fritas de Hokkaido recubiertas de chocolate, toda una exquisitez.

Algún día volveré a Hokkaido tanto en febrero, para disfrutar del famoso festival de hielo de Sapporo, como en verano, para poder recorrerme los frondosos y salvajes bosques del norte de la isla y con algo de suerte avistar alguno de los osos pardos autóctonos. Espero poder contároslo aquí, como siempre.

dilluns, 14 de novembre de 2016

Kagoshima

"Nunca encontraremos entre los paganos otra raza igual a los japoneses. 
Son gente de excelentes costumbres, buenos, en general, y no maliciosos." 
San Francisco Javier, octubre de 1549.

La puerta de Japón al mundo

Kagoshima es la prefectura más meridional de la tierra firme japonesa, llena de volcanes, muchos en activo. La soleada y homónima capital, que a mi me recibió con fuertes lluvias, está presidida por el gigantesco volcán Sakurajima, justo al otro lado de la bahía. El volcán, que es también considerado deidad por el sintoísmo, está activo y escupe humo y cenizas con regularidad. De hecho, la previsión meteorológica de la ciudad siempre incluye un parte de la posible cantidad de ceniza que podría caer. 

Kagoshima es conocida también como la Nápoles de Japón, no sólo por su clima más cálido que el resto del país y sus fértiles tierras sino también por la calidez de sus habitantes, mucho más abiertos al mundo que el resto del país. Ya bajo el gobierno del clan Shimazu, que duró 700 años, Kagoshima comerció de forma constante con chinos y coreanos. En 1549 entraba el cristianismo al país de la mano de San Francisco Javier por esta cosmopolita ciudad. En la Exposición Universal de París de 1867, la ciudad, que en aquel entonces se llamaba Satsuma, acudió con un pabellón diferenciado del japonés. Precisamente en esos años se estaban produciendo una serie de eventos que cambiarían por completo la estructura política y social de Japón: la restauración Meiji. Hasta ese entonces, el país se había regido por un sistema muy parecido al feudalismo europeo donde los daimyos o señores gobernaban cada una de sus tierras sirviendo a los shogunes, o señores de la guerra, que tenían el poder real del país, ya que el emperador era una mera figura protocolaria. Japón vivía aislado del mundo bajo este régimen con la excepciones de algunos enclaves como Kagoshima. Sin embargo, la llegada de las cañoneras del Comodoro Perry, de la Armada de los Estados Unidos, puso en evidencia la debilidad del sistema y forzó al país a aceptar tratados comerciales muy desfavorables. Esto abrió los ojos a parte de la aristocracia que decidió renunciar a sus privilegios para poder así modernizar Japón lo que les enfrentó con la otra parte de la aristocracia que veía en esto una traición a sus antepasados y a las tradiciones. Los aristócratas progresistas se alinearon con el recién nombrado emperador Meiji y algunos samuráis cosmopolitas como los de Kagoshima, para derrotar a los samuráis conservadores que eran muy fuertes en Kyoto. La derrota de estos últimos provocó el traslado de la capital a Tokyo. Saigo Takamori, samurái de Kagoshima, tuvo un papel fundamental en apoyar la modernización de Japón y acabar con el sistema de samuráis que tanto le beneficiaba en pos del progreso de su nación. Su enorme estatua se alza en el centro de la ciudad. 

La ciudad de los Jesuitas y de los onsen

Además de por su papel clave en la restauración Meiji, Kagoshima es conocida en Japón por su marcada cultura de onsen y sentos, mucho más que en el resto del país. Las aguas termales son especialmente abundantes debido a la mayor presencia de volcanes alrededor de la ciudad, empezando por el enorme Sakurajima. Una de las primeras cosas que hice fue acercarme al paseo de la bahía para admirar el gigantesco volcán, que al otro lado de las aguas se alza amenazante pero que al mismo tiempo provee de fertilidad a las tierras y de aguas termales con múltiples propiedades. Allí mismo, en el paseo marítimo, hay un onsen de pies disponible al público que permite a los paseantes relajarse un rato en las aguas calientes termales que brotan directamente desde lo más profundo. Hay más de 50 onsen en la ciudad. Para elegir el que mejor os convenga, pedid el folleto explicativo en inglés, disponible en oficinas de turismo y hoteles. En él se clasifican los onsen por los servicios que proveen e incluso por si sus aguas son potables o no. Hasta en el moderno aeropuerto de Kagoshima hay un onsen de pies público a disposición de los viajeros.

El protocolo de un onsen japonés no es complicado pero sorprenderá al occidental: lo primero es desnudarse y entrar a la zona de la sauna seca con solo una mini toalla en la cabeza que usaremos para retirarnos el sudor de la cara. Tras la sauna, nos meteremos en la zona de baños sentándonos en uno de los taburetes con su correspondiente ducha. Allí nos enjabonaremos sentados (la mayoría de onsen y sentos proveen con gel, champú y acondicionador) y nos aclararemos. Muchos japoneses aprovechan para afeitarse y lavarse los dientes, ya que cada puesto de taburete y ducha cuenta también con un espejo. Tras la limpieza, nos meteremos en alguna de las diferentes bañeras (las hay comunes o individuales y a diferentes temperaturas o con diferentes propiedades, incluso las hay con jacuzzi). También hay con chorros de agua en la cabeza para relajarse. La visita al onsen acaba con un baño rápido a la bañera de agua fría. Se recomienda tomar líquido durante la experiencia, preferiblemente bebidas isotónicas si se tiene la tensión baja. 

Las aguas termales, procedentes de la actividad volcánica, tienen propiedades beneficiosas para la piel y otros órganos, tanto en salud como en belleza, y son muchos los japoneses que acuden a los onsen varias veces por semana. Yo escogí el Kagomma Onsen que, además de todo lo habitual, contaba con sal gorda natural en un gran cajón de madera para frotarse en la piel y luego quitársela en una de las bañeras termales. Se encuentra en el 3-28 del Yasui-cho y es usado por los habitantes del barrio de forma habitual, con lo que se garantiza una experiencia auténtica, alejada de los turísticos onsen de los hoteles.

Tras la relajación del onsen, me dirigí a cenar al animado Temmonkandori, el barrio de los restaurantes y bares, sitaudo alrededor de las galerías comerciales peatonales y cubiertas. Obviamente, escogí un restaurante de comida típica de la ciudad: el Kumasotei. La gastronomía de Kagoshima se conoce como Satsuma-ryori y en este restaurante la hacen especialmente bien. Sentado en un tatami pedí uno de los menús degustación. La cena empezó con el tsukidashi, o aperitivo que se suele servir en cualquier comida japonesa. En ese caso eran verduras en vinagre y un trozo del típico boniato morado de Kagoshima. La comida siguió con sashimi de kibinago, pescado en la bahía, que se moja en una salsa avinagrada de miso. La textura de estos pescaditos es tan suave que los locales les llaman "gotitas de océano". El siguiente plato eran dos trozos de satsuma-age, un pastel frito de pasta de pescado triturado (suelen ser sardinas, bonito y caballa) con algunos trozos de verduras. El plato principal era un cuenco de kurotuba tonkotsu, costillas de cerdo negro local estofadas en una salsa dulce de miso, vegetales, sochu (el licor local) y azúcar moreno. Por supuesto, el arroz preparado a la forma loca y la sopa de miso no faltan. De postre, una gelatina (algo que los japoneses aman) de la batata morada local.

Antes de volver a mi habitación me pasé para ver la catedral de San Francisco Javier, muy moderna, construida al lado de donde antes había una iglesia de piedra que fue destruida por los bombardeos norteamericanos de la II Guerra Mundial. Enfrente aún se mantiene la puerta de entrada en piedra junto a una estatua del fundador de los Jesuitas. Por Kagoshima entró el cristianismo a Japón, que tras unas décadas de expansión y tolerancia, fue luego prohibido por los shogunes que encerraron Japón durante siglos (hasta 1864) evitando cualquier contacto extranjero. 

Los samuráis progresistas

Al día siguiente, bien temprano, seguimos la visita por los jardines Sengan-en, construidos en 1658 por el 19 señor de Shimadzu en un punto estratégico que además le permitía controlar los barcos que salían y entraban de la bahía. Los jardines, siguiendo el estilo japonés, incluyen el paisaje como parte de la decoración. Y el paisaje allí era nada más y nada menos que la bahía con el impresionante volcán Sakurajima de fondo. Paseando por los jardines y viendo los setos recortados de diferentes formas, nos metimos en una de las casitas tradicionales donde sirven jambo-mochi, unos pastelitos de arroz glutinoso pinchados en un palo y asados a la barbacoa, mojados en una salsa dulce-salada de soja, que son la merienda típica local. Continuamos la visita de los jardines viendo por fuera el Shoko Shukeikan, la primera fábrica de Japón, construida por orden del 28 señor de Shimadzu, donde se fabricaron las primeras cañoneras y máquinas a vapor japonesas, en la década de 1850, antes incluso del inicio de la Restauración Meiji que expandió la revolución industrial por todo el país. Es otra muestra más del cosmopolitismo y apertura a la modernidad que caracterizó a las clases dirigentes de Kagoshima del siglo XIX.

La visita acaba con la villa para la que se construyeron estos impresionantes jardines, residencia de la familia Shimadzu, gobernantes de la región y pioneros de la modernización del país. Los tours son en japonés pero contaban con cartulinas donde estaban traducidas las explicaciones de la amable guía. La visita nos llevó a través de las diferentes estancias de la preciosa villa tradicional japonesa, empezando por los diversos dormitorios, de gran austeridad; el despacho del daimyo, desde el que impartía gobierno, con las dos espadas que llevaba cada samurái; el onsen privado donde se aseaba cada día, asistido por criados; o el baño. Sin embargo, la estancias que más impresiona es el comedor, con elegantes muebles de estilo occidental y la primera lámpara eléctrica que funcionó en Japón, colgada del techo y fabricada en Inglaterra. El último zar de Rusia, Nicolás II, pasó unos días en esta residencia como príncipe en su juventud. La villa cuenta con bellas terrazas que dan al jardín y un precioso patio interior con un estanque alrededor del cual se distribuyen las diferentes estancias. El tour acabó en la sala del té, mirando este patio, haciendo la ceremonia con un té matcha en un bol y un delicioso dulce tradicional hecho con una receta de más de 200 años. 

Ramen, kamikazes y una cena kaiseki

Tras la visita a la villa y jardines de los samuráis cosmopolitas nos volvimos de nuevo al centro de Kagoshima a comer los ramen típicos de la ciudad, que se hacen con una sopa de miso más espesa de lo normal junto al tradicional caldo de hueso de cerdo. Además, aquí llevan nabo rallado. 

De ahí nos dirigimos al sur, bajando la península de Satsuma, hacia Chiran, para visitar el museo de lo tokko (los pilotos que se suicidaban y que erróneamente llamamos kamikazes). Se encuentra en la antigua base aérea desde la que despegaron 1036 pilotos para cumplir su deber y estrellarse contra barcos estadounidenses. Ahí pudimos ver aviones, recuerdos y fotografías de los jovencísimos pilotos. En la audioguía en inglés se explican las desgarradoras historias de varios de ellos. Como nos dijeron nuestros anfitriones japoneses, en verdad ellos no murieron por Japón ni por el emperador: murieron por sus familias y por la convicción de que de esta manera les garantizarían un futuro mejor. Esta operación fue diseñada por un general que la planeó como recurso de último resorte. Y así fue. Sin embargo, Japón se rindió poco después de que los Estados Unidos lanzara la segunda bomba nuclear, en Nagasaki. Esto hizo al general enviar cartas de disculpa a las familias de los tokku para hacerse el harakiri a continuación, clavándose una katana en el vientre y subiéndola para arriba para desgarrarse todo el torso.

Tras una visita tan dura y triste, nos dirigimos hacia Ibusuki, una pequeña y tranquila población costera con un kilómetro de playa. Allí nos instalamos en el gigantesco Ibusuki Iwasaki Hotel, un resort con todas las habitaciones con balcón y vistas al mar. Tras cambiarnos nos dirigimos a una de las suites para disfrutar de una refinada cena kaiseki ofrecida por nuestros huéspedes. Este tipo de comida japonesa se compone de varios platos en pequeñas cantidades que suelen ser de ingredientes de temporada. En este caso abundaban las verduras y hortalizas otoñales con ingredientes y técnicas de la cocina de Kagoshima, además de diversos pescados, un plato con las deliciosas costillas de cerdo negro o carne de res que se fundía en la boca preparada en una piedra caliente. El helado de postre de Satsuma-mikan (las naranjas de esta península) estaba perfecto.

Arenas volcánicas y una destilería de sochu

Me levanté bien temprano para disfrutar de un bello amanecer y de las impresionantes vistas del mar desde mi balcón, para luego bajar a la playa y darme un baño de arena, razón por la cual miles de personas visitan esta zona. Allí, un trabajador del hotel me enterró con una pala en las arenas negras, a través de las cuales, calientes vapores de las aguas termales volcánicas subterráneas suben. No más de diez minutos es lo que se aguanta allí enterrados. Los japoneses creen que esta experiencia tiene propiedades medicinales. De allí me fui a una piscina termal al borde del mar para retirarme la arena y luego a relajarme en el onsen del hotel, situado en uno de los pisos más altos del edificio.

La visita acabó en un precioso mirador, en mitad de los campos y las palmeras, para ver el gran volcán de la región que se conoce como el monte Fuji del sur: el Kaimon-dake, con su impresionante y bella forma de cono. En ese mismo mirador, visitamos una fábrica de sochu, el licor local de Kagoshima que intenta rivalizar con el sake. El sochu es licor destilado mezcla de la batata local y de arroz algo más fuerte que el sake. Nosotros lo probamos en la cena kaiseki de la noche anterior. En la fábrica pudimos ver y oler varios de los tanques en los que se deja destilar el líquido. La visita acabó con una cata a varios de los tipos de sochu.

Despegamos del aeropuerto de Kagoshima esa soleada tarde tras haber podido conocer de la historia, cocina y paisajes de una de las regiones más interesantes y amigables de Japón, una verdadera puerta de entrada a este misterioso y fascinante país. Kagoshima es un destino turístico poco conocido pero perfecto para descubrir una gastronomía excelente y una historia fascinante con los japoneses más cosmopolitas del país.

diumenge, 30 d’octubre de 2016

Taipei

En la capital provisional de la República de China

Tenía bastantes ganas de visitar Taipei, la ciudad china democrática y capitalista más grande del planeta. La capital de la República de China (o para Beijing, mejor decir Taiwán) es una ciudad china como cualquier otra pero que se ha desarrollado en las últimas décadas bajo un sistema de derechos fundamentales y libertad de mercado. En ese sentido, es bastante diferente a otras ciudades chinas en las que he podido estar como Shanghai, Beijing, Hefei o en cierto modo Singapur. 

La historia de Taiwán es más que curiosa. Diversos pueblos europeos instalaron colonias durante el siglo XVII. De hecho, los portugueses bautizarían a la isla como Formosa. En 1661, el general chino Zheng Cheng Gong, a las órdenes de la dinastía Ming, conquistó Taiwan que pasó a convertirse en una provincia del Imperio del Medio. Y así continuó durante la dinastía Qing. En 1895, tras la primera guerra Sino-Japonesa, el Tratado de Shimonoseki cede la isla al Japón a perpetuidad, que iniciará un proceso intensivo de modernización de la isla, imponiendo el japonés como lengua única y reprimiendo cualquier movimiento nacionalista taiwanés con el ejército imperial. La derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial hizo que Taiwán volviera a ser una provincia china, esta vez bajo la administración de la República de China. El Kuomitang, partido que dominaba la república, ocupó todas las instituciones provinciales y municipales de la isla con la colaboración del Ejército de los Estados Unidos.

La guerra civil divide a la China nacionalista de la comunista

En solo dos años, la República de China llevó a la quiebra el tesoro taiwanés, desbaratando el periodo de prosperidad económica que la isla disfrutó bajo gobierno japonés. El 28 de febrero de 1947, 30,000 ciudadanos taiwaneses fueron masacrados por el Ejército chino tras las masivas protestas en las que los taiwaneses solicitaban elecciones libres y un estatuto de autonomía que les blindara de la corrupción, mal gobierno y despotismo de los funcionarios y policías continentales del Kuomitang. Tras la masacre y las sucesivas persecuciones policiales, la isla se convirtió en una base segura para el Partido Nacionalista Chino, que estaba a punto de perder la guerra civil china frente al Partido Comunista de China de Mao Ze Dong. En 1949, tras la pérdida de la guerra, Chiang Kai Chek, líder del partido, y toda la plana mayor de la República de China, además de las elites cercanas al Kuomitang, se desplazan en masa a Taiwán como refugiados. Se calcula que tres millones de chinos llegaron a la isla ese año. Con ellos se trajeron el tesoro de la Ciudad Prohibida de Beijing, así como las reservas de oro y moneda extranjera del Banco Central. Desde ese momento, la República de China se organizó en Taiwán con la esperanza de poder retornar algún día al continente y restablecer el antiguo orden republicano y eliminar el comunismo.

El Museo Nacional del Palacio

Sabiendo esta historia, decidí que la primera mañana la dedicaría al mejor museo del país: el Museo Nacional del Palacio, que alberga la mayor colección de arte y artesanía china del mundo. Unas 700,000 piezas se guardan allí, aunque sólo 15,000 están expuestas al público. Los objetos vienen de todas las provincias chinas, aunque la mayoría son de la Ciudad Prohibida de Beijing.

Como yo tengo particular aversión a los museos grandes, ya que tras un par de horas me hastían, decidí alquilar una audio-guía para aprovechar mejor la visita. El aparato tiene una opción que te lleva a través de la historia del arte chino destacando y explicando las piezas más importantes del museo. Me impresionó muchísimo una pintura de batallas de barcos-dragón, de enorme realismo, así como la vasija de bronce con inscripciones chinas en el interior, una de las piezas maestras de la colección. La estatua de coral rojo del protector de los opositores también me encantó. Los jóvenes aspirantes a unirse al cuerpo de mandarines que gobernaba el Imperio desde la Ciudad Prohibida, tenían mucha fe en esta criatura espiritual cuando se encontraban preparando los exigentes exámenes de acceso. La colección de jarrones incluye unos especiales, jarrones dentro de jarrones que encajan de forma perfecta y se ven a través de aberturas, pero que no se pueden desmontar. La obsesión china por el jade se manifiesta en las largas colas que se forman para admirar las obras de arte hechas de este material, especialmente la realista hoja de col china de jadeíta, que fue votada por los visitantes como la mejor pieza del museo. La pieza fue parte del regalo de bodas a la consorte Wen Jing, una de las mujeres del emperador Qing Guang Xu. Es sin duda de fascinante realismo, sobretodo por como el escultor aprovechó las imperfecciones de la piedra original para transformarlas en los tallos, hojas y venas de la col. Finalmente, no os perdáis las tallas en miniatura realizadas en huesos de oliva. La más impresionante es la que representa, con todo lujo de detalles, un antiguo barco chino, con sus puertas correderas, pasajeros y todo. Hay una gigantesca lupa para admirar tamaña proeza técnica.

El Museo Nacional del Palacio tuvo su sede, originalmente, en la Ciudad Prohibida de Beijing. Tras la proclamación de la República de China y la expulsión del último emperador Qing, la Ciudad Prohibida se abrio al público y se empezaron a exhibir sus colecciones en 1925. Sin embargo, la invasión japonesa hizo que 8 años despues, Chiang Kai Shek ordenara la evacuación de las piezas a Shanghai para evitar que cayeran en manos japonesas. En 1936 se movieron a Nanjing. Finalmente, tras la derrota nacionalista en 1948, el Kuomitang evacuó casi toda la colección a Taipei. En 19 se inauguró el nuevo museo que alberga la colección. Su arquitectura evoca a la fachada de la Ciudad Prohibida de Beijing con colores más claros acordes con el clima subtropical de Taipei. Estaba llenos de banderas nacionales ya que al día siguiente se celebraba el Día de la República de China.

El Grand Hotel de Taipei

Tras esta obra del gobierno del Generalísimo Chiang Kai Shek, me dirigí a admirar otra, en la que en verdad estuvo detrás su mujer, Soong Mei-ling: el Grand Hotel Taipei. Situado en una colina a orillas del río Keelung, es uno de los edificios de arquitectura clásica china más altos del mundo. El proyecto tenía como objetivo poder acoger a jefes de Estado y de gobierno y otros invitados VIP que acudieran a la República de China, confinada en Taiwán. Taipei carecía de hoteles de cinco estrellas por aquel entonces y tenía que prepararse para, durante muchos años (aún hoy lo sigue siendo) ostentar la capitalidad provisional de la República de China. Los detalles fueron cuidados al máximo. Por ejemplo, cada uno de los ocho pisos dedicados a habitaciones lleva el nombre de una dinastía china.

El lobby es impresionante, sin duda una de las entradas más suntuosas que he visto nunca en un hotel. De hecho, en 1968 la revista Fortune lo puso entre los diez mejores hoteles del mundo. Tomé el ascensor hasta el último piso, donde se encuentra el bellísimo salón de gala, con una gigantesca lámpara con forma de dragón en el centro. Las vistas de la ciudad son impresionantes, aunque algo deslucidas aquel domingo lluvioso. El nuevo rascacielos Taipei 101 apenas se veía tapado por densas nubes grises. El hotel ha recibido a lo largo de su historia a parte de las personas más influyentes de las pasadas décadas y fue, sin duda, uno de los grandes emblemas de la ciudad hasta la apertura de los nuevos y más sofisticados hoteles de lujo que hoy se encuentran en Taipei.

El barrio de los templos

Tras el hotel tomé el metro para pasear y visitar dos de los templos más famosos de la ciudad, que se encuentran a un corto paseo de la parada de Yuanshan. Por un lado, el magnífico templo de Bao An, sobrecargado de elementos decorativos y de un colorido espectacular. Sus tejados contienen pequeñas estatuas tanto humanas como de animales, siendo todos coronados por preciosas y detalladas figuras de dragones. Este templo se realizó por inmigrantes chinos de la provincia de Fujian, en 1760 en honor al dios Baosheng Dadi o Santo Wu, reverenciado por sus aptitudes médicas. También hay unas salas dedicadas a Shengnong, dios de la agricultura. Su decoración recargada, el fuerte olor a incienso y la piedad de los visitantes hacen de la visita algo místico.

Al lado se encuentra el menos serio, en mi opinión, templo de Confucio. Lo primero que me chocó fueron los muñequitos de Confucio en diferentes poses, tipo comic, en la entrada. Es cierto que la zona central del templo tiene cierta solemnidad, máximo cuando entré, que había un grupo de devotos tocando instrumentos tradicionales chinos dando vueltas alrededor de la sala principal. Sin embargo, el resto de estancias parecen más un museo, en donde se explican la importancia de cada una de las seis disciplinas de la educación confuciana: la ritual, la música, el tiro con arco, la conducción de carros, la caligrafía y el cálculo. Las explicaciones se acompañaban con material de alta tecnología que incluía proyección de imáges e incluso videojuegos. De hecho, me pasé un rato jugando en un simulador de conducción de carros algo complicado que al final logré manejar. En cualquier caso, la visita fue muy ilustrativa para ampliar mis conocimientos sobre una persona fundamental para entender la filosofía y forma de ser de la sociedad china. Confucio nació en el seno de una familia noble, pero la muerte de su padre cuando tenía tres años le dejó en la pobreza. Aún así, pudo recibir una buena educación. Con esfuerzo, logró ser gestor de un granero y un rebaño. En sus ratos libres aprendió los ritos que seguía la nobleza. Leía todos los libros que encontraba en las oficinas gubernamentales en su determinación por ampliar sus conocimientos y su saber estar. Su filosofía era que cualquier persona a su alrededor era un maestro para él. De todo el mundo podía copiar las cosas buenas que realizaba y desechar las malas. Al mismo tiempo, fue elaborando su filosofía e ideas acerca de la educación o el buen gobierno. Cuando cumplió los 30 años, empezó a difundir sus enseñanzas, ganándose el respeto de muchos altos oficiales de la administración que gobernaba sus tierras. Su filosofía de respeto a la jerarquía, veneración a los mayores y la lealtad, entre otros principios, siguen siendo hoy fundamentales para entender cualquier sociedad china.

El mausoleo de Chiang Kai Sheck

El día siguiente, Fiesta Nacional de la República de China, amaneció gris y lluvioso. Las calles alrededor de mi hotel estaban cortadas al tráfico por el desfile militar. Policías, soldados, y trajeados con pinganillos abarrotaban cada esquina mientras coches negros con los cristales tintados iban y venían. Decidí visitar el impresionante memorial de Chiang Kai Sheck. Para llegar al monumento, fui paseando por los bulevares donde se encuentran los ministerios y edificios de la presidencia de la República, hasta llegar a la bella puerta de la Gran Centralidad y la Honradez Perfecta, que da paso a una enorme plaza con los bellos edificios de la Biblioteca Nacional y el Teatro Nacional a ambos lados, de arquitectura tradicional china y que recuerdan a los pabellones de la Ciudad Prohibida de Beijing. Al final de la plaza se encuentran este gran memorial, un mausoleo cuadrado altísimo en lo alto de unas escalinatas coronado por un techo tradicional chino de forma octogonal y tejas azul oscuro. No es casualidad que el número 8 es asociado en Asia a la abundacia y la buena fortuna. Los dos juegos de escaleras blancas que llevan a la entrada cuentan con 89 escalones: uno por cada año de vida del fundador de la República de China. La gran figura sentada de bronce, sonriente, representa a Chiang Kai Sheck y preside el principal salón del memorial con las palabras en chino Ética, Democracia y Ciencia grabadas. En la cúpula superior, el gran símbolo del Kuomitang. partido que fundó, preside el salón mientras que dos grandes banderas de la República de China flanquean las estatua.

Durante las horas de apertura al público, miembros de las fuerzas armadas custodian la estatua rígidos y en silencio con ceremoniosos cambios de guardia a cada hora. En los pisos inferiores hay varias exposiciones que explican la vida y políticas de Chiang Kai Sheck y la defensa a nivel internacional que hizo de la República China frente al comunismo de la República Popular de China. Es curioso pensar que su retrato estuvo colgado en la Ciudad Prohibida de Beijing en donde ahora hay un cuadro gigantesco de Mao. En cualquier caso, es cierto que su gobierno tuvo muchos aciertos y que Taiwan despegó económicamente durante los años 60. Pero tampoco se pueden olvidar los más de 140,000 muertes que su régimen asesinó durante su mandato, periodo conocido como el "Terror Blanco", cuando se asesinó, encarceló y torturó a cualquiera que representara una amenaza contra el Kuomitang.

El nuevo Taipei

Tras tanta historia y propaganda mezcladas me dirigí en el moderno metro de Taipei a visitar el altísimos rascacielos Taipei 101, de 101 pisos de altura y uno de los edificios más altos del mundo. Como hacía muy mal tiempo y estaba nublado decidí no subir. Eso sí, en el centro comercial que hay en los pisos inferiores almorcé en el delicioso Din Tai Fung, una sucursal de la famosa cadena taiwanesa de restaurantes de dumplings. Tras esperar 40 minutos a que me dieran mesa con su sistema electrónico, disfruté de tres tipos de estas deliciosidades al vapor con la salsa y cebollino que te dan para mojarlos. No pude resistirme a probar los de postre rellenos de chocolate y pasta de alubias rojas.

Tras un último paseo por las calles de Taipei, me dirigí a pasear por uno de las decenas de mercados nocturnos de la ciudad: el Ningxia, donde observé los diferentes puestos de comida callejera, decantandome por un calamar a la brasa, un zumo de lima recién exprimido y unos panecillos al horno con cebolleta en la masa. Una pesa que volviera a lloviznar y llevara maletas porque me hubiera gustado probar alguna cosa más de las que ofrecian los puestos.

Taipei es una ciudad china mucho más ordenada que Beijing o Shanghai, pero en ningún caso le gana a Singapur, que sin duda es la mejor ciudad china en términos de calidad de vida y orden que he visitado. Me falta experimentar Hong Kong, la gran urbe de cultura china que aún no he visitado. Lo que si me gustó de Taipei es ver como democracia, libertad de expresión y un capitalismo social son compatibles con la civilización china, lejos del autoritarismo de Singapur o de la dictadura del Partido Comunista en la República Popular de China. Las libertades se expanden en Taiwán y la protección de los derechos de las minorías mejoran cada vez más. Taipei es además una ciudad muy amigable, con precios normales y muchas cosas que hacer y descubrir. Espero volver para poder descubrir el resto del país pronto.

dijous, 6 d’octubre de 2016

El sureste de Sicilia

Una villa romana

En mi viaje a Sicilia el pasado junio, cometí el inmenso error de olvidar que estaba en la isla más grande del Mediterráneo. Por eso calculé mal los tiempos y pasamos demasiado tiempo en la carretera. Aún así, pudimos visitar algunos de los puntos más interesantes de la isla, especialmente tres patrimonios de la humanidad.

Empezamos por un punto central en la isla, Piazza Armerina, una insulsa ciudad media con calles a cuestas que cuenta con la villa romana de Casale, una de las villas más suntuosas del antiguo Imperio romano. La economía agraria del Imperio se fundamentaba en gran parte en las vastas haciendas cuyo centro de poder eran las villas. Esta villa, construida en el siglo IV, cuenta con mosaicos de gran calidad que aún hoy ornamentan casi todas las habitaciones. Para la UNESCO, se trata de los mosaicos más bellos del Imperio romano que aún se conservan in situ hoy en día. Milagrosamente, una inundación cubrió de barro los mosaicos hace siglos lo cual creó una capa protectora que permitió conservarlos hasta nuestros días.

Como los tejados se derrumbaron hace siglos, se han instalado diferentes estructuras metálicas que cubren la villa, protegiéndola de los fenómenos meteorológicos así como de animales y plantas. La vista empieza por el claustro de entrada, del que solo quedan algunos mosaicos en el suelo representando animales y los muretes alrededor. Tanto las columnas como los techos desparecieron. Después de accede al pasillo de entrada, y desde allí se ven las diversas estancias del espectacular complejo termal, donde destacan el gran corredor dedicado a los ejercicios de interior, con un espectacular mosaico representando el Circo Máximo de Roma en una carrera de cuadrigas. Después le siguen los pasillos donde se daban masajes hasta llegar a la enorme sala octogonal con baños y una piscina, decorada con mosaicos de motivos marinos. También se mantienen las saunas con la estructura subterránea donde se ponía la leña en el sistema de caldeamiento.

El gigantesco patio interior ajardinado sirve como distribuidor de estancias, con enromes comedores de verano e invierno decorados con bellas escenas de caza, así como los diferentes dormitorios y salas de trabajo. Especialmente bello es el mosaico con la escena de las chicas en biquini, donde diversas mujeres vestidas en estas prendas se representan practicando los más diversos ejercicios. Sin embargo, el mejor mosaico de lejos es el que cubre el gigantesco corredor, de 65 metros de largo, en el que se cuenta la historia de una caza de animales salvajes en África que luego se trasladan por barco hasta Roma para los espectáculos del coliseo. Este mosaico servía para que el señor de la casa que lo mandó construir pudiera explicar a sus visitas esta aventura que tuvo en la realidad. Sería una especie de foto de gran formato o incluso un vídeo de la época actual. A lo largo de este pasillo se encuentran diversas salas con forma de basílica y comedores de gala usados por el señor de la villa para recibir invitados o despachar los asuntos de la gestión de la hacienda con los agricultores de la misma. En uno de los comedores de gala me encantó el mosaico que cuenta el mito de Galatea y Polifemo.

Esta espectacular villa tuvo que ser propiedad de algún senador del Imperio o incluso algún hijo de emperador debido a su magnificencia. A la salida, nos compramos unos arancini, unas croquetas redondas de pasta de arroz rellenas de ragú típicas de Sicilia. Satisfechos, seguimos la ruta hacia Siracusa, donde pasaríamos la noche.

Siracusa

Llegamos a la bella ciudad barroca por la tarde, donde tuvimos que dar varias vueltas hasta conseguir un lugar donde aparcar el coche. Habíamos alquilado un apartamento justo en la plaza del Duomo, en pleno casco histórico de esta bellísima ciudad. Siracusa rivalizó con Atenas en poder y prestigio. Cicerón la describe como la ciudad más bella del mundo antiguo. Arquímedes nació aquí y aquí vivieron también Platón y Tito Livio. La parte antigua se le conoce como Ortygia, y está situada en una especie de isla. Empezamos el paseo por el comercial corso Giacomo Matteotti, por las ruinas del templo de Apolo hasta llegar a la fontana di Artemide. Artemisa fue una diosa muy popular en el culto de los siracusanos. Los terremotos y guerras que asolaron la ciudad a través de los siglos han dejado su aspecto actual, fundamentalmente heredero de la reforma urbana barroca del siglo XVIII.

La catedral está donde se alzaba el antiguo templo griego a Atenea, del siglo V aC, que fue transformado en templo católico varios siglos después. Aún se ven los grandes pilares dóricos incrustados en los muros de la catedral. Siracusa, fundada por colonos griegos llegados de Corinto, es un ejemplo único de la evolución de la civilización mediterránea a lo largo de tres milenios. Pasear por sus calles al anochecer es una auténtica delicia, con las bellas fachadas de los palacios y edificios barrocos alzándose en sus estrechos callejones y ropa colgando en muchos de ellos, desprendiendo deliciosos olores a jabón de Marsella. Numerosos restaurantes, galerías de arte, cafés y vinotecas ocupan los bajos y muchos patios son ahora terrazas de estos locales. Los turistas se mezclan con los habitantes locales de forma armoniosa. La ciudad es una buena muestra de porque medio mundo se enamora de Italia y sus ciudades. Fuimos también a pasear a lo largo del mar, observando los megayates que estaban atracados en el puerto mientras se ponía el sol.

Esa noche aprovechando que teníamos coche, salimos de fiesta a uno de los lidos que pueblan la costa sur de Catania. Los lidos son como discotecas al aire libre al lado del mar que abren los meses que hace buen tiempo. Toda una experiencia.

Noto

Al día siguiente retomamos el coche rumbo a Noto, una de las ocho ciudades que fueron arrasadas después del gran terremoto de 1693. La reconstrucción de todas ellas se caracterizó por el alto nivel de las obras arquitectónicas y artísticas realizadas. Los edificios son todos del estilo barroco tardío imperante de la época lo que les da una gran homogeneidad. Numerosas innovaciones en técnicas de construcción y en urbanismo crearon ciudades únicas. Las zonas barrocas de las ocho son consideradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Nosotros solo teníamos tiempo para una, y aún así nos perdimos por las curvas carreteras de montaña que llevan hasta la ciudad. Pero llegamos. La leyenda cuenta que Noto fue donde Hércules se paró a descansar tras su séptimo trabajo. La reconstrucción de Noto, se planeó sobre un moderno sistema de cuadrícula donde los mejores maestros del barroco siciliano contribuyeron con diferentes edificios creando un conjunto monumental. Muchos llamaron a la nueva Noto como "jardín de piedra" por el uso de una piedra de toba muy suave.

Entramos por la elegante puerta real de Noto, que encabeza el corso Vittorio Emanuele. Caminando un poco llegas hasta las escalinatas de la iglesia de San Francisco que se quedan pequeñas cuando lleguemos a las gigantescas de la catedral, recientemente restaurada. Frente a la catedral se encuentra el palacio del ayuntamiento. Siguiendo caminando y pasando otra plaza arbolada se llega hasta la iglesia de Santo Domingo, con una deliciosa fachada curvilínea, cumbre del barroco tardío. Frente a ella se encuentra el Teatro, otra muestra más, por dentro y por fuera, de la enorme riqueza de la ciudad de Noto. Seguimos paseando por las calles de Noto hasta que el calor y el cansancio nos llevaron a sentarnos en una terraza frente a la balaustrada de la iglesia de San Francisco. Pedimos unos calamares en su tinta en la trattoria Al Buco y una pasta negra de mariscos muy rica. De postre fuimos a una heladería artesanal donde metimos dos bolas de helado artesano de pistacho y stracciatella entre un bollo de pan dulce abierto.

De ahí nos fuimos a descansar a una playa cercana y cuando nos dimos cuenta y calculamos la distancia a la que estábamos de Scopello, tuvimos que descartar nuestra visita a Agrigento... una lástima. Llegar de vuelta a Scopello fue toda una aventura que os ahorraré. Eso sí, los paisajes rurales del centro de Sicilia son simplemente espectaculares, sobretodo con los tonos anaranjados de la caída del sol. Además de los que nos dejamos por ver en el noroesste de la isla, nos quedamos decenas de cosas pendientes del resto de la isla: el Etna, Catania, Taormina, las islas Eolias, Módica, Ragusa, Agrigento... 

dijous, 29 de setembre de 2016

El norte de Tohoku

Ruta por un bosque de hayas virgen

A pesar de que estaba hasta arriba de trabajo, aproveché que el pasado lunes era festivo para escaparme un par de días al norte de la isla de Honshu, visitar algunos lugares patrimonio de la humanidad y sentir la naturaleza, tras tantas semanas en la jungla de cristal que es Tokyo. 


Ese sábado me levanté temprano para tomar el tren bala para llegar a la norteña ciudad de Aomori. Como no había reservado con tiempo, casi todos los trenes estaban llenos y tuve que hacer escala en Sendai, donde almorcé un buen plato de gyutan, típico de la ciudad. Se trata de finas rebanadas de lengua de vaca cocinadas en una parrilla de carbón acompañado de sopa de rabo de buey y mugimeshi, que es un arroz blanco con cebada. 

Al llegar a Aomori tomé un tren local que me llevaría a mi destino final, Hirosaki, ciudad conocida por sus famosas manzanas. De hecho, es el principal centro de producción de esta fruta en Japón. La ciudad, fundada por un clan de samurais, los Tsugaru, creció a la sombre la la gran montaña Iwaki, que aún la preside. Tras un paseo por sus calles y como hacía algo de fresco me metí en el Kadare Yokocho, donde una docena de puestos de comida ofrecen platos de diferentes gastronomías. Yo me senté en el Hinata-bokko para probar la deliciosa hotate misoyaki, una vieira asada con mijo que se cocinaba en la propia concha. Mis únicas compañeras en la estrecha barra del restaurante eran varias jubiladas japonesas fumando cigarrillos y bebiendo sake, que insistían en hablarme en japonés e invitarme a probar diferentes platos como una sopa de tofu, carne y cebolleta, una mazorca a la brasa y el típico edamame. Una cena bastante curiosa cuanto menos


Al día siguiente, bien temprano, tomé el bus en dirección a Anmon Aqua, una especie de aldea a la entrada de un patrimonio de la UNESCO que quería visitar: Shirakami-Sanchi. Se trata de un bosque virgen de hayas japonesas. El caso es que hay varios senderos dentro del cinturón de protección a los que se permite la entrada al público sin autorización previa. Este es uno de los últimos bosques vírgenes de Japón. Escuchar los sonidos del bosque, las hojas movidas por el viento, el agua de los riachuelos y los diferentes pájaros fue muy relajante. Lo único es que me quedé con ganas de ver las tres cascadas Anmon, de 42 metros de altura, porque según los japoneses era muy arriesgado en estas fechas de lluvias. Al volver de la caminata, ya a la hora de comer, me senté en una de las cabañas de la aldea para degustar un menú de otoño, a base de arroz con setas del bosque, mientras en la gran pradera de hierba decenas de familias disfrutaban de los artistas que cantaban karaoke. La manzana en almíbar de postre estaba de vicio.
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En la ciudad de las manzanas

Ya de vuelta a Hirosaki, me fui directo al jardín Fujita, antigua mansión de la rica familia Fujita, que poseía uno de los jardines japoneses más bellos de la región. Me impresionó la preciosa colina artificial con su cascada y bello puente rojo. Además de un antiguo salón de té de madera, la propiedad cuenta con una mansión de la era Meiji, que imita la arquitectura occidental y que ahora es un café con piano de cola tocado en directo y todo. Me senté un rato en su jardín de invierno para degustar una de las decenas de tartas de manzana que ofrecen. La acompañé, claro está, de zumo de manzana recién hecho. En Hirosaki se toman las manzanas muy en serio. De hecho, tras mi paso por la oficina de turismo, me fui con una guía de todas las pastelerías de la ciudad y el tipo de tarta ene el que están especializadas. Hay 47 tipos de tarta, ni más ni menos. La que me pareció más original es la que viene con la manzana entera pelada y al horno cubierta de una capa redonda de hojaldre a modo de piel. Probé dos más en mi ruta por la ciudad.

Tras la merienda me di una vuelta por el bellísimo Chosho-ji, un barrio lleno de templos que sube hasta una pequeña colina desde la que se atisba parte de la tranquila ciudad. Uno de los más bonitos es el Sazaedo, de forma octogonal y con las paredes de color rojo bermellón. En la cima se encuentra uno de los edificios de madera más antiguos de la región, un imponente templo sintoísta de gran belleza construido por el clan Tsugaru. No había nadie por las calles de este barrio. Los templos se alzaban a ambos lados de los bulevares con gran serenidad mientras en sol se ponía. Entre la soledad y los imponentes mausoleos y cementerios, me empezó a dar un poco de cosa así que me apresuré para volver al centro mientras las farolas empezaban a encenderse.

Ya de noche, me di un paseo por el sereno parque del castillo, con sus antiguos fosos, los solemnes y bien iluminados torreones y el bello castillo en el medio, que es una reconstrucción de 1811 del original que se hizo en 1603. Luego seguí paseando por el centro de la ciudad, abarrotado del edificios de estilo europeo, que se popularizaron sobremanera en Japón durante la restauración Meiji. La antigua librería, diferentes residencias de misioneros cristianos, una pequeña iglesia católica, otra protestante y otra anglicana, en antiguo banco de la ciudad (de estilo neorenacentista) o el salón de exhibiciones son buenos ejemplos. Todos estos edificios están representados a escala justo detrás del edificio de la antigua biblioteca, al lado también de la modernísima oficina de turismo.

La celestial tierra pura budista recreada en la tierra

Dejé Hirosaki pronto el lunes, que era festivo, para dirigirme a otro de los puntos de interés de la región de Tohoku: Hiraizumi. Se trata de un tranquilo pueblo que, de 1089 a 1189, rivalizó con Kyoto en importancia y riqueza. En efecto, Hirazumi contó con 100,000 habitantes, los mismo que tenía Kyoto en aquel entonces. Tres generaciones del clan Oshu Fujiwara engrandecieron la ciudad gracias al comercio del oro de sus minas cercanas y la convirtieron en uno de los núcleos de la escuela Tendai del budismo (el budismo en Japón se divide en trece ramas o escuelas). Esta rama tenía fe en un paraíso después de la muerte: la llamada “tierra pura”. Este clan financió la construcción de templos y jardines que tenían que representar en la tierra la futura tierra pura celestial, con el fin de engrandecer la fe de los creyentes y animar a la meditación.

En una combinación de tren bala y tren normal (como un metro vaya) llegué a la pequeña estación de Hiraizumi. Nada más salir, me topé con un par de guías que el gobierno ofrece en un plan piloto. El que hablaba inglés, de 71 años, se ofreció a mostrarme los principales puntos de interés y acepté encantado.


Siguiendo con la historia, y por desgracia, este paraíso budista duró poco. Uno de los héroes japoneses más famosos, Yoshistsune, despertó los celos de su hermanastro mayor, Yoritomo, a la sazón primer sogún de Japón. Para salvar su vida, Yoshistsune huyó al este de Japón y se refugió en Hiraizumi, donde el señor de aquel entonces, tercera generación de los Oshu Fujiwara, le acogió. Con ta de cazar a su hermano, Yoritomo atacó la población y la redujo prácticamente a escombros con la excepción de varios templos, que de tan bellos que eran no pudo sino protegerlos. El clan de los Oshu Fujiwara se extinguió, Yoshitsune murió y el proyecto de paraíso budista en la tierra despareció. Sin embargo, Yoritomo quedó tan impresionado con algunos de los templos que incluso costeó la construcción de una cobertura de madera para el más impresionante de todos: en Konjiki-do.

En ese preciso momento empezaba el sogunato (gobierno militar) de casi todo el Japón, un sistema feudal en el que el poder centralizado real recaía en el sogún o “generalísimo” y el emperador era más bien una figura decorativa. Este primer sogunato con capital en Kamakura duraría más de 100 años.
Precisamente la visita empezó por el Konjiki-do. A quince minutos caminando de la estación se alza una montaña cubierta de altísimos cedros. Tras una empinada subida se llega al Chuson-ji, un complejo de templos fundado en el año 850 y ampliado por el clan Oshu Fujiwara con más de 300 edificios y 40 templos en el marco de su ambicioso proyecto familiar de crear una utopía budista. Sin embargo, la mayoría de las construcciones fueron reducidas a cenizas tanto durante la conquista de la ciudad por parte del sogún Yorimoto como por un incendio que arrasó casi todo el resto en 1337. Por suerte, el Konjiki-do estaba ya ese año protegido por una bella cobertura de madera encargada desde el sogunato de Kamakura y se salvó. Hoy en día aún se puede disfrutar del espectacular templo, ahora en el interior de una estructura de hormigón a prueba de incendios, que se construyó en los años 60 del pasado siglo. La antigua estructura de madera que lo solía proteger hasta entonces se recolocó casi al lado.

Un templo de oro 

Sorprende entrar a esta estructura y ver el templo dorado en su interior, que refulge. Todo está cubierto de pan de oro o laca de oro, desde los suelos y las paredes hasta el final de los aleros del tejado. La estructura cuadrada contiene en su interior al Buda de la Luz Infinita flanqueado de los bodhisattvas (seres a medio camino de alcanzar el Nirvana que vienen a ayudarnos a seguir progresando y hacer el bien) Kannon y Seishi. Además, a cada lado hay tres bodhisattvas más, detrás de Jikokuten y Zochoten, dos reyes guardianes. Este conjunto de estatuas se repite dos veces, a cada lado del conjunto principal, creando tres altares de estatuas doradas bajo los cuales reposan los restos de cada uno de los tres jefes de cada una de las generaciones del clan Oshu Fujiwara. Destacan también en pilares y maderas las figuras floradas realizas de concha marina incrustadas en las maderas nobles.

En Chuson-ji, además, hay otros templos reconstruidos y uno más original: el Kyozo, o edificio de madera donde se guardan los sutras, grandes rollos donde se habla de las enseñanzas de Buda, en caracteres chinos. Algunas de estas sutras se muestran en el museo que hay en el complejo, muchas de ellas bellísimas, escritas en líneas alternas de oro y plata con fondo de un papel azul oscuro. Me llamó especialmente la atención un par de legajos donde se representaban dos pagodas. Acercando la mirada uno se daba cuenta que las pagodas están formadas por cientos de caracteres chinos, recitando sutras.


Pasear por este complejo y disfrutar del fuerte aire puro, el sonido de los pájaros, los gigantescos arces y la variedad de templos no tiene precio. De ahí nos dirigimos hacia Motsu-ji, el que en su día fue el complejo de templos de Hiraizumi más vasto y grandioso. Por desgracia, todos los edificios desparecieron a causa de guerras incendios y terremotos, aunque unos pocos se han reconstruido. Sin embargo, el interés del lugar reside más bien en los jardines, que sí se han mantenido tal cual eran en la época dorada de Hiraizumi durante el siglo XII. Los enigmáticos jardines de la tierra pura se trazaron siguiemdo la idea budista del paraíso, con un gran lago que representa el océano infinito, islas, playas y acantilados rocosos.

Un pequeño riachuelo artificial encauza las aguas de la montaña para llevarlas hasta el lago artificial que representa el océano del paraíso budista. Las avanzadas técnicas usadas en la construcción de este pequeño río muestran los altos conocimiento de jardinería que poseían los funcionarios de Hiraizumi en el siglo XI. Finalmente, el guía me llevó al moderno centro de interpretación del Patrimonio de la Humanidad UNESCO de Hiraizumi (tanto el Chuson-ji como el Motsu-ji forman parte de este patrimonio) para aprender más de la época dorada de la ciudad. Allí hay restos arqueológicos diversos, muestras de los trajes que se llevaban, explicaciones, mapas e imágenes de la época en pergaminos. También hay varias miniaturas donde se muestran escenas de la vida cotidiana de aquel entonces.

Hiraizumi está muy bien como excursión de mediodía en una escapada más general a Tohuku. Sin duda, es un lugar importante en la historia de Japón, representa el momento de mayor gloria de la región y es un punto crucial del budismo, ya que aquí se creó una utopía basada en las enseñanzas de una de las trece escuelas de esta religión oriental.

Para visitar todo esto, recomiendo encarecidamente que compréis el Japan Railways East Pass, que os permite, desde Tokyo, poder visitar toda la región de Tohoku tomando los trenes de JR de forma ilimitada, incluidos los shinkansen o trenes bala sin coste adicional. El único requisito para comprar este pase es tener un pasaporte extranjero con visado de turista. Por algo menos de 200 euros podréis viajar de forma ilimitada durante 5 días. Sale muy a cuenta. Tohoku es la región menos visitada de Japón por los extranjeros, especialmente el norte. Solo el 1% de los turistas que llegan al país pasan al menos una noche en esta fascinante región. Por eso es el momento de visitarla y evitar las aglomeraciones y colas de Kyoto o Hiroshima.