Cercar en aquest blog

dissabte, 22 d’abril de 2017

El Cairo

A orillas del Nilo

Siempre había soñado con visitar Egipto. La república árabe, por su milenario pasado, me ha fascinado desde que era bien pequeño. Como sólo contaba con tres días, me conformé esta vez con disfrutar de la capital, y dejar para otra ocasión el resto de maravillas que guarda el país. 

Lo primero que me sorprendió fue el excelente aeropuerto del Cairo, moderno y con tiempos de espera muy cortos, a pesar de ser temporada alta. En esta primera estancia nos alojamos en el Cairo Marriott Hotel, originalmente Palacio Gezira, fundado por el gobernador Khedive Ismail para alojar los huéspedes ilustres que en 1869 viajaron a a El Cairo para la inauguración del Canal de Suez, incluyendo a la emperatriz Eugenia de Montijo, mujer de Napoleón III. Sus interiores, hoy restaurados, así como sus frondosos jardines, fueron diseñados por un equipo conjunto de alemanes y franceses. En 1903, el palacio, nacionalizado años antes, se transformó en hotel con el fin de poder reducir la enorme deuda que supuso su construcción.  Durante la Primera Guerra Mundial fue un hospital y en 1919 la familia siria Loftallah lo reabrió como hotel de nuevo. Durante décadas el palacio alojó fiestas y bodas de grandes personalidades, incluida al del Rey Farouk. En 1961, el hotel se nacionalizó dentro de las políticas socialistas de Nasser y en 1970 la cadena estadounidense Marriott tomó el control de la gestión del hotel, restaurándolo y dándole su actual aspecto. Los grandes salones, pasillos y comedores aún existen, así como numerosas escaleras monumentales de mármol, respetando el aspecto y estética original de los tiempos en los que se alojó la emperatriz Eugenia.

Desde la habitación disfrutamos de unas espléndidas vistas al Nilo, fuente de vida del país, adorado y respetado como dios por los antiguos egipcios. Es en las orillas del río que se encuentran los edificios más altos de la ciudad, mayoritariamente grandes hoteles. Esa noche nos dedicamos a pasear por los alrededores de la plaza Tahrir, famosa por ser el epicentro de la revolución que tumbó al dictador Hosni Mubarak. Me sorprendieron las avenidas y bulevares, muy similares a los de Madrid o Valencia pero en los años 80, con grandes edificios de apartamentos racionalistas, modernistas o eclécticos. Recorrimos algunos bares y terrazas, aunque pronto percibimos que la escena nocturna en El Cairo no concuerda con los veinte millones de habitantes de la ciudad. Muchos cariotas nos confirmaron que tras la revolución nada es igual.

Las pirámides de Giza

El primer día desayunamos en isla Gezira, donde está el Marriott. Y lo hicimos como egipcios: fuimos a un local estupendo, el Zooba, donde sirven ful (un puré de habas y garbanzos con limón, ajo y otras hierbas y especias) y taamia (que es el falafel egipcio) además de dos tipos de labna (una especie de crema de yogur): una con olivas y otra con pimiento asado. Tras tan contundente comienzo del día nos dirigimos al sur de la tranquila isla Roda, donde se encuentra el Nilómetro más famoso de todos. Esta estructura, compuesta de una columna con marcas, para prever las crecidas y sequías del río y poder mejor organizar las cosechas. Con la construcción de las presas de Asuán en el siglo XX, los Nilómetros dejaron de ser útiles.

Al lado de esta estructura está el museo de Umm Kulthum, una de las más importantes cantantes árabes. Allí se encuentran vestidos suyos, premios y condecoraciones que recibió alrededor del mundo así como vídeos con su música, conciertos y la historia de su vida. Fue muy cercana al presidente Nasser. Tanto la querían que su funeral, con honores de Estado, fue uno de los mayores de la historia: cuatro millones de personas. Aunque la cantante falleció en 1975,  Kulthum es aún hoy muy apreciada por árabes de diferentes países, tanto por su voz como por sus conmovedoras letras. A la salida, un pequeños parque flor Tras esta visita, nos fuimos hasta la vecina ciudad de Giza, donde se encuentra el valle más famoso de Egipto: el valle de las grandes pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos.

Lo primero que impresiona es ver que están en mitad del área metropolitana de El Cairo, rodeadas de edificios horribles. La más grande de las pirámides, la de Keops, se encuentraba abarrotada de turistas. Existe la posibilidad de entrar en sus pasadizos y cámara mortuoria pero nuestro guía nos dijo que no valía la pena ya que tanto las momias como los enseres de la tumba están todos en museos. Además, dentro de estas gigantescas tumbas apenas quedan jeroglíficos. Vista de cerca, a sus pies, impresiona muchísimo, sobretodo la gran puerta central, sellada con gigantescas rocas.

Nos desplazamos a continuación al mirador, alejado de las tres pirámides, desde donde se disfruta de una panorámica espectacular del valle. Además de las tres grandes pirámides, hay muchas otras pequeñas, algunas semi derruidas, construidas para las mujeres de los faraones. Todas las pirámides estaban recubiertas de reluciente mármol. El problema es que este material fue robado en diferentes épocas para construir palacios u otras tumbas en Egipto. Además, todas tenían pirámides  oro en las cúspides, que también fueron robadas a lo largo del tiempo. En la pirámide de Kefrén, hijo de Keops, aún se conserva el mármol de la cima. Allí también nos explicaron que las pirámides no fueron construidas por esclavos, sino por obreros libres, que recibían tres comidas diarias, una paga y un mes de vacaciones (que solía ser entre los actuales meses de julio y agosto). Las pruebas de los arqueólogos son los cientos de tumbas de los trabajadores de las pirámides que se han ido encontrando en el valle. Los esclavos no tenían derecho a funeral con lo que las tumbas son una prueba de que fueron trabajadores libres, fundamentalmente egipcios pobres atraídos por el empleo asegurado. Parece ser que las escenas de latigazos son una más de las tergiversaciones históricas que Hollywood nos ha "ofrecido". 

Tras las fotos pertinentes, fuimos a ver la Esfinge, que no es más que la cabeza de Kefrén con cuerpo de león, un modo de representar a los faraones uniendo su inteligencia propia y la fuerza del león. Las esfinges se usaron también como protección simbólica contra ladrones de tumbas y malos espíritus. La barba se encuentra en el Museo Británico, en Londres.

Disfrutamos de la impresionante puesta de sol en el Sahara con las pirámides y la esfinge de trasfondo y nos sentamos a ver el show de luces y sonido que se ofrece cada noche. Allí se explica la historia de las tres pirámides, datos curiosos, anécdotas... a través de diferentes recursos como el láser, las voces en off o la proyección de la cara de Kefrén en la esfinge para dar la impresión de que habla. La cúpula celestial y los centenares de estrellas se veían aún más bonitas a los pies de las milenarias pirámides, una de las siete maravillas del Mundo Antiguo y las únicas que quedan en pie. Es una lástima que este año no se represente la ópera Aída porque no puedo concebir mejor entorno para ello. En el show de luz y sonido, los egipcios insisten en que, cuando una sociedad tiene un objetivo claro, y lucha por él, lo alcanza, independientemente de lo complicado que sea. Y hace más de 4500 años, levantar estas estructuras piramidales era una obra que cualquiera hubiera considerado imposible, máxime sin contar con grúas, helicópteros, ni camiones. Pero aún así lo consiguieron porque ese era el gran objetivo social. 

La ciudad de los 1000 minaretes

El sábado nos lanzamos a descubrir el viejo Cairo o ciudad islámica, también considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El taxi nos dejó en la puerta de Nasser o Bab El Nasr, por la que cruzamos las antiguas murallas cariotas. Esta puerta amurallada fue construida en 1087 el Visir Al-Jamali, armenio de origen. Al cruzarla, el ambiente cambia por completo: los amplios bulevares de Zamalek o los alrededores de Tahrir se transforman en callejuelas curvadas con tiendas en los bajos y un ajetreo de gente por todo lado. Las panaderías perfuman el barrio con el aroma del pan recién horneado, amortiguando el olor a pescado de las pescaderías. Trozos de carne colgada compiten con las coloridas frutas y verduras así como tiendas de cacharros de todo tipo, desde shishas hasta ollas de bronce de todos los tamaños. Zapateros, costureros, peluqueros, peleteros, vendedores de alfombras. De tanto en tanto pasaba un afilador de cuchillos o un carro lleno de cestas de mimbre arrastrado por un burro. La llamada a la oración desde los minaretes cortaba por un segundo la algarabía, recordándonos que de tanto en tanto es bueno poner el pausa los asuntos mundanos y reflexionar sobre lo trascendental.

Entre tumbos llegamos a las puertas del complejo funerario del sultán mameluco Baybars II, de principios del siglo XIV, que incluye una mezquita, de confesión chíi en este caso, con la tumba del antiguo sultán rodeada de luces de neón verde en su interior.  La mezquita se encontraba en un estado lamentable, con palomas por todo lado. De hecho, al acceder a su patio central, decenas de palomas echaron a volar, huyendo de nosotros, creando un sonido único. En otra de las calles  nos sorprendió un gran edificio y nos metimos a curiosear: se trataba de la Wekalat Bazara, un caravasar donde se alojaron los grandes mercaderes del tabaco. Se construyó en el siglo XI y fue usado hasta el siglo XVII. El amable guardián nos ofreció un mini tour por las diversas estancias donde los mercaderes exponían sus productos, donde recibían a familiares y amigos y donde dormían, así como los retretes y baños. Las mujeres tenían sus propias habitaciones y entrada diferenciada. De hecho, aún persisten las ventas de madera desde las que podían abrir pequeños ventanucos para curiosear lo que pasaba en el patio central sin ser vistas. A través de unas escaleras de madera sueltas que no nos daban mucha confianza subimos a los terrados, sintiéndonos unos Aladdín de la vida, disfrutando de las vistas del viejo Cairo y sus numerosos minaretes (por algo se le llama a la ciudad como la de los 1000 minaretes). A lo lejos, la ciudadela de Saladino presidía la estampa, con sus cúpulas y minaretes, cual palacio del sultán de Agrabah.

Seguimos paseando mientras empezaban a aparecer tiendas de recuerdos kitch: la zona turística, la famosa calle Al Moez, donde realmente se siente que El Cairo fue la capital del mundo islámico en su época de esplendor del siglo XIV. Y de pronto nos topamos con el magnífico complejo del Sultán Al-Nasir Muhammad Ibn Qalawun, sultán de Egipto y Siria. La compra de una entrada permite el acceso a los siete sitios que conforman este complejo, empezando por el magnífico mausoleo del sultán, ricamente decorado, especialmente el bello mihrab y también su cúpula, bajo la cual se celebraron ceremonias de coronación de varios sultanes. A continuación nos dirigimos a la entrada a la antigua madrasa (o escuela islámica) que es un antiguo pórtico robado de una iglesia palestina. Aquí se enseñaban leyes, medicina, matemáticas y teología en sus dos amplias aulas. El patio central de mármol servía para que los estudiantes intercambiaran conocimientos. A su alrededor, además de las dos aulas, se encontraban las habitaciones de aquellos estudiantes que no tenían casa en El Cairo. El bonito mihrab de una de las dos aulas está hecho de madre perla. El siguiente edificio es el hospital, uno de los mejores de su época. Las fuentes de mármol y el resto de decoraciones se realizaron para que aquellos enfermos sin techo pudieran sobrellevar su desgracia de la mejor manera posible. Ropa, alojamiento, comida, medicina y tratamientos eran proveídos de forma gratuita a los más desfavorecidos. 

La mezquita y los baños públicos o hammam completan el complejo. La entrada también da acceso a la habitación superior del sabil (o fuente pública) de Abderhaman Katkuda, un oficial otomano que en el siglo XVIII restauró y construyó varios edificios en el viejo Cairo. Este edificio en concreto se compone de una fuente pública en la fachada, y una antigua escuela primaria en los interiores. La sala superior, además de sus decorados techos de madera, cuenta con una vista estupenda de la animada calle Al Moez. Muchos arquitectos consideran este sabil como un tesoro de la arquitectura otomana.

Finalmente, con la entrada también pudimos visitar el cercano palacio de Beshtak, construído en el siglo XIV por uno de los mamelucos (oficiales) del sultán, casado con una de las princesas. Este palacio constituye el mejor ejemplo de la arquitectura doméstica mameluca. En los exteriores se construyeron espacios para albergar tiendas, y así obtener las rentas de los alquileres. El palacio cuenta con un bonito patio de entrada, diferentes habitaciones, despensas fresquitas, caballerizas y balcones con bellas vistas. Pero sin duda lo más bonito es el salón de las fiestas, de techo de madera con formas geométricas bellísimo. Las ventanas de vitrales coloreados pero sobretodo la imponente fuente de mármol del centro le dan un ambiente majestuoso. Aquí se celebraron fiestas y recepciones, a las que solo podían asistir hombres. Las mujeres lo observaban todo desde lo alto, en balcones de madera con pequeñas ventanitas que podían abrir para curiosear y ver sin ser vistas. Cuando algún miembro de la fiesta estaba soltero, las familias lo indicaban a las mujeres solteras de las habitaciones superiores. Si a estas les gustaba el susodicho, podían lanzar su pañuelo al salón para indicar que daban la luz verde a organizar el matrimonio. 

Continuamos la visita por el famoso bazar de Khan El-Kalili, abarrotado de tiendas, demasiadas con recuerdos kitch en mi opinión. Atravesando estrechos pasajes llegamos al popular Café de Fishawi, que lleva abierto día y noche más de 200 años y donde renombrados escritores y poetas, incluido el Premio Nobel Naguib Mahfuz, han escrito parte de su obra. El café está lleno de grandes espejos, además de una decoración muy variada. Nos sentamos en el exterior para disfrutar de nuestro té a la menta y de una shisha mientras personajes de todo color atravesaban el pasillo callejero entre las mesas: adivinadoras del futuro, músicos tradicionales, prostitutas, niños mendigos, ancianas en silla de ruedas y vendedores de toda clase. Se hacía duro en ocasiones, sin duda el Café ha perdido un poco su carácter bohemio al transformarse en un imán para turistas.

Volvimos a Zamalek a comer, el barrio donde esta el Marriott, al norte de la isla Gezira. Esta es, sin duda, la zona más bonita de El Cairo, con sus amplios bulevares y calles arboladas, los diversos palacetes que albergan las diferentes embajadas y los restaurantes y cafés a la última que ofrecen recetas con ingredientes frescos. Muchos de los restaurantes que ofrecen comida egipcia casera y una decoración chic se encuentran en la avenida 26 de Julio. Elegimos uno de ellos, el Cairo Kitchen, donde empezamos con una tradicional sopa de lentejas y seguimos con mahchi (que son pimientos, berenjenas y calabacines rellenos de arroz cubiertos de salsa de tomate). Como plato principal pedimos koshary casero, tal vez el plato egipcio por excelencia, a base de arroz, lentejas, garbanzos, pasta, salsa de tomate, ajos y cebolla frita. También pedimos un plato de pollo al yogur y fattah (que es el pan egipcio frito y crujiente). Y para beber, la tradicional agua de rosas con menta. No nos lo pudimos acabar todo.

Paseamos por las bonitas calles de Zamalek, disfrutando de la calma y de la arquitectura. Esa noche cenamos en el Left Bank, situado en la punta norte de la isla, con bellas vistas al Nilo, donde disfrutar de comida internacional. Tras la cena tomamos algunas copas en las diferentes terrazas en lo alto de edificios acabando con una copa de fresco vino blanco egipcio en la del Ritz-Carlton, en la Corniche, que ofrece un DJ en directo con música house.

Del antiguo Egipto al Cairo otomano

Es verdad que son muchos los que insisten en que para ver piezas maestras del antiguo Egipto lo mejor es irse al Louvre, al Museo Británico o a Berlín. Sin embargo, el Museo Egipcio de El Cairo sigue siendo el mayor del mundo, tanto por cantidad de piezas como por la importancia de muchas de ellas. El museo se organiza por las diferentes épocas del antiguo Egipto: desde los tinitas hasta los romanos. Se inauguró en 1902 con el actual edificio, de estilo neoclásico.

El museo ofrece un recorrido a través de esculturas, tumbas, relieves, papiros, elementos arquitectónicos y objetos del día a día a través de miles de años de historia. Una de las salas más visitadas, que se paga a parte, es la de las momias de algunos faraones y sus mujeres, que da escalofríos. La sala estrella (y la más vigilada) es la de Tutankhamón, un faraón que apenas reinó unos años pero que actualmente debe su fama al hecho de que su tumba se descubrió intacta a principios de siglo XX. Su máscara funeraria principal así como dos de sus sarcófagos están expuestos aquí, relucientes, así como muchas de sus joyas, que deslumbran. Las medidas de seguridad en la sala se redoblan, ya que estamos hablando de objetos de oro y piedras preciosas. En cualquier caso, los admiradores del antiguo Egipto nos tiraremos horas en el museo: hay muchísimo que ver, y cosas muy curiosas, incluidas las momias de la época romana con la cara representada en mosaicos o los objetos del reinado de Akenatón, faraón que inauguró una religión monoteísta del sol, culto que duró poco, y casado con la famosa Nefertiti. Muchos de los objetos encontrados en el interior de las grandes pirámides de Giza están aquí también, incluyendo bellas camas a usar por los faraones cuando resucitaran.

Para almorzar volvimos al Zooba, donde tomamos el desayuno nuestro primer día, ya que también sirven comidas. Además del koshary casero de rigor, pedimos el delicioso hígado de pollo, otra receta egipcia buenísima. Y de postre, qombela: un pudin de arroz, queso dulce konafa y basbousa (un dulce de sémola en almíbar) con pistachos.

Nuestra última visita antes del aeropuerto fue a la Ciudadela de Saladino o Salah Ad-Din, sultán de Egipto y Siria durante el siglo XII. Construida para defenderse de posibles ataques cruzados, la fortaleza domina las vistas de la ciudad. De hecho, desde sus terrazas se tienen unas vistas estupendas, incluso se pueden ver a lo lejos las pirámides de Giza. Entre sus gruesas murallas están los museos militar y de la policía respectivamente, pero la pieza maestra es la gran mezquita de Mohammed Ali, construida en lo más alto de la ciudadela en el siglo XIX por los otomanos. El alabastro de los interiores y del magnífico patio junto con el tipo de decoración me trasladó a Estambul y sus grandes mezquitas. Pero lo mejor fue despedirse del Cairo desde las terrazas de la ciudadela, escuchando el bullicio, a lo lejos, de la actual capital de la República árabe de Egipto, que por cierto, tiene uno de los peores tráficos que he visto en mi vida: los egipcios conducen fatal.

Sin duda que volveré a El Cairo. Me dejé por hacer numerosas excursiones: desde Menfis y sus mastabas hasta Alexandria o una visita al desierto de las ballenas. Y por supuesto, mi sueño de hacer el crucero del Nilo para descubrir los templos de Abu Simbel o Luxor. 

dissabte, 1 d’abril de 2017

Hakone & Kamakura

Si uno vive en Tokyo, hay dos escapadas que pueden hacerse perfectamente en un sólo día: una os llevará a bosques, lagos y un volcán espectaculares, todo bajo la atenta mirada del monte Fuji. La otra excursión os trasladará a la era en la que Japón era gobernado por los samuráis.



Hakone y sus medios de transporte

Hakone es una de las excursiones más populares desde Tokyo. Se trata de una región montañosa, llena de bosques alrededor del lago Ashi. Sus onsen, volcanes y teleféricos atraen a masas de turistas sobretodo los fines de semana y festivos con buen tiempo. Las bellas vistas del monte Fuji que se aprecian desde distintos puntos de la región son otro de sus alicientes. El único problema es que fui el fin de semana (por temas de trabajo no tenía opción) y está bastante masificado, uno se siente casi en un rebaño.

La manera más rápida de llegar es con el tren bala hasta Odawara y ahí tomar el tren hasta Hakone Yumoto. No olvidéis comprar en Odawara un pase de día para poder subiros en los diferentes medios de transporte que hay en Hakone. En Hakone Yumoto hacéis intercambio y tomáis el tren hasta Gora. La ruta es muy bonita, a través de una escarpada ladera, atravesando bosques, minúsculos túneles y riachuelos, con dos cambios de dirección del tren. Es en Gora donde recomiendo empezar la ruta, sobretodo si cuando llegáis se acerca la hora de almorzar. Ahí se encuentra Itho Dining by Nobu, uno de los restaurantes del mediático chef, de ambiente íntimo. Cerca también está el Museo al Aire Libre de Hakone, con estatuas de Rodin, Miró y un pabellón dedicado a Picasso con más de 300 de sus obras.

De Gora se toma el funicular hasta Souzan, que sube poquito a poco a través de vías muy estrechas, y de ahí, el teleférico que os llevará a lo alto de Owakudani atravesando unas áreas con altos niveles de azufre. Sin duda es la parte más emocionante del viaje. A través de la cabina observaréis el panorama desolado de una montaña que explotó a causa de la actividad volcánica y de donde aún salen continuos chorros de azufre que, en ocasiones, pueden representar un peligro para la salud de determinados grupos de personas. Por eso, antes de subir al teleférico, se reparten unas toallitas húmedas especiales para ponerse en la nariz en caso de problemas respiratorios. El paisaje era infernal, casi como Mordor, desértico, con chorros de humo saliendo de todo lado y pequeños charcos de aguas amarillentas o de un azul turquesa muy artificial.

El teleférico llegó a la cima. Fuera del moderno refugio, el viento era terriblemente fuerte y frío. Aún así, me asomé para ver el panorama y el Monte Fuji desde allí. Una larga cola esperaba para comprar su bolsita de huevos hervidos en azufre, con la cáscara totalmente negra, que se preparan en cestas de hierro en los diferentes lagos del volcán. Tras la ventolera, se toma otro teleférico, este ya a través de apacibles bosques hasta descender al borde del lago Ashi en el embarcadero de Togendai-ko.

Allí tomé un enorme barco tipo pirata, que parecía sacado de un parque de atracciones. Mi humilde opinió es que la experiencia sería más chula si el barco fuera de estilo japonés. Las vistas eran preciosas. El lago Ashi, encajado entre montañas, es inolvidable. Como ya había visto a lo lejos la puerta toori, y las nubes tapaban el monte Fuji, tomé el bus de vuelta a Hakone Yumoto desde allí. Si no hubiera tenido compromisos de trabajo me hubiera gustado quedarme una noche en algún ryokan y disfrutar en paz de sus onsen, famosos en todo Japón. Desde luego que tendré que volver a Hakone y descubrir sus otras rutas, templos y museos con más calma.

Kamakura, capital de los samuráis

La manera más rápida de llegar a Kamkura es en la línea Yokosuka de JR. Y las razones para hacerlo son varias: a finales del siglo XII, Minamoto Yorimoto, el primer shogún, eligió esta población costera como capital del Japón gobernado por los samuráis. Es por eso que aún hoy en día existen 65 templos budistas y 19 santuarios sintoístas. El más famoso es el Kotoku-in, donde se encuentra el conocido Gran Buda de bronce (el Daibutsu). Se realizó en 1292 y pesa 93 toneladas. El Gran Buda estaba alojado originalmente en un templo de madera que fue destruido por un tsunami en 1495. Desde entonces, la gran estatua ha permanecido a la intemperie. Su enorme tamaño sigue impresionando y de hecho se puede entrar a su interior por la parte de detrás, para entender mejor como se ensambló la gran estructura. Nosotros lo hicimos en agosto y casi nos da algo. Ya de por si el calor estival el Tokyo y alrededores es sofocante pero si encima te metes en una caja de bronce a la que lleva horas dándole el sol, imaginaos. Solo por el impresionante Buda vale la pena venir a Kamakura.

Otro templo muy bonito es el de Hase-dera, que cuenta con decenas de imágenes en piedra de Jizo, el protector de los niños. En este templo se encuentra también una de las estatuas de madera más grandes del país: el Juichimen Kannon, del siglo VIII, una diosa de la compasión coronada con 10 pequeñas cabezas, cada una mirando hacia un lado, con el fin de mirar a todo aquel que necesite de su compasión. En este templo también hay una capilla para Inari, o deidad de la fertilidad y el éxito, a la que se llega tras un camino de varias pequeñas puertas toori rojo bermellón, jalonadas de estatuas de kitsune, o zorros blancos puros, sus mensajeros. Todas las estatuas de los kitsune llevan baberitos rojos, que son puestos por los fieles devotos de Inari.

Recorred también la animada calle principal (peatonal) de Kamakura, llena de tiendas y restaurantes para todos los gustos. La gastronomía de Japón es tan variada que nunca repetiréis. Además, cerca hay un bonito bambusal, mucho más íntimo que el masificado de Kyoto, que alberga un pequeño cementerio histórico. Como era pleno verano, parejas de jóvenes japoneses se paseaban en los kimonos tradicionales del verano, frescos y ligeros, llevando los zuecos de madera tradicionales, mientras se hacian fotos con sus sombrillas ellas y sus bolsas tradicionales ellos. 

divendres, 31 de març de 2017

Bahrein

Bahrein, la perla del golfo Pérsico

Cuando uno habla de Bahrein, la mayoría de los que te escuchan no son capaces de ponerlo en el mapa. ¿Es una isla del Caribe o del Índico? ¿O es más bien un pequeño país africano o del Sudeste Asiático? No, Bahrein es el país más liberal del Golfo Pérsico, allí donde los saudíes van a pasar muchos fines de semana a sus villas y apartamentos, para poder salir de fiesta, o, en el caso de mujeres, poder conducir y pasear alejadas la atenta mirada de sus familiares, vistiendo de una forma más relajada.

Ese es el turismo que llega a Bahrein. Para cualquier otra nacionalidad, esta pequeña isla del Golfo Pérsico no será una prioridad en absoluto. Algunos pararán un día en su recorrido de crucero por la península arábiga. Otros, como mucho, irán por temas de trabajo o alguna reunión, conferencia o congreso. Por eso, en el caso que os encontréis en esta situación, aquí os dejo mis recomendaciones turísticas.

Lo primero que uno debería visitar es el Fuerte Bahrein, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se encuentra situado en Qal´at al-Bahrein, en un típico "tell", es decir, una colina artificial con estratos formados por asentamientos humanos sucesivos. En este lugar, habitado durante milenios, se han encontrado estructuras residenciales, comerciales, de gobierno, religiosas, militares... corroborando la importancia comercial de este enclave durante siglos. La fortaleza que actualmente se visita fue construida por los portugueses aunque previamente este lugar fue la capital de Dilmun, una de las civilizaciones más importantes de la región antes que surgiera el Islam. De hecho, los numerosos restos arqueológicos encontrados en el siglo XX solo eran conocidos hasta ese momento por alusiones en fuentes escritas sumerias.

Lo cierto es que la fortaleza por fuera es bonita, pero por dentro, más allá del pasillo con los arcos renovados, es bastante aburrida. Al lado hay un edificio moderno que alberga el museo, donde observar varios restos entre los que se encuentran joyas, cerámicas, armas, monedas de todas las épocas... tal vez lo más curioso sean los jarros con esqueletos de serpientes: se enterraban en la casa para agradar a los dioses, una práctica extendida en la antigua Dilmun.



Tras la visita, hay un restaurante de comida variada con una buena selección de comida árabe, de hecho con las particularidades de Bahrein, que es el restaurante Zyara. Muy moderno, ofrece precios razonables y cantidades grandes. Pedid el arroz machboos con cordero o gambas o el arroz biryani con pollo o con mero, ambos deliciosos y con los toques especiados (incluida la canela) que caracterizan a la península arábiga. Como postre tomamos el delicioso Umm Ali, un pudding con bizcocho ligero, leche condensada, nueces, crema y coco rallado que me fascinó.

Paseos y más perlas

Otro paseo recomendable es el balcón marítimo de Reef Island, que da a la nueva zona financiera de Bahrain. Desde el paseo se ven los grandes edificios que conforman el moderno skyline financiero del país, las vistas son impresionantes. Además, si vais entre semana a eso de las dos de la tarde, desde este paseo también veréis el espectáculo de decenas de barcos tradicionales de madera (ahora motorizados y todos iguales) saliendo al mar a pescar. Personalmente tuve la suerte de alojarme durante mi tiempo en Bahrain en un espacioso ático que tenía estupendas vistas y desde el que pude disfrutar de la salida de los barcos a diario. Acercaos al centro financiero para haceros una foto en el Bahrain World Trade Center, las gigantescas torres gemelas triangulares con tres molinos eólicos en la mitad, instalados en los puentes que conectan ambos rascacielos. Sin duda, este es el símbolo de Bahrein.

Una visita a este país-isla merece también pasar unas horas en el Museo Nacional, un moderno edificio donde aprender la historia y tradiciones del país. Además, su restaurante sirve comida sana y de gran calidad a precios razonables. La sección que más me gustó del museo es aquella en la que se reconstruyen escenas de la vida cotidiana del Bahrein tradicional, con maniquíes y objetos reales, como el matrimonio, la escuela, la recogida del agua, y hasta un zoco entero tal y como era antes de que se descubriera el petróleo y llegara la modernidad al país. Por supuesto, las perlas ocupan un espacio importante en el museo, ya que antes del petróleo, Bahrein era conocido mundialmente por sus perlas de gran calidad. Desde el siglo II hasta inicios del siglo XX, esta fue una de las principales fuentes de ingresos de la isla. Por eso, la UNESCO también declaró a la industria perlífera tradicional como Patrimonio de la Humanidad. La mayoría de edificios protegidos se encuentran en la ciudad de Muharraq, de calles estrechas y mayoría chíita, encabezados por la fortaleza de Bu Mahir, desde donde zarpaban los barcos rumbo a los bancos de ostras. Cuando en 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y el consumo de perlas (artículo de lujo) cae en picado, Japón empieza a desarrollar los cultivos de otras perlíferas. Estos dos eventos ponen fin de forma abrupta a esta industria, haciendo que la economía de Bahrein cayera en picado de cuya crisis solo se recuperó con el incio de la exportación de petróleo.

La comunidad del subcontinente Indio
No se puede entender Bahrein sin pasear por el barrio de la comunidad inmigrante de Bangladesh, la más numerosa en el país. Daos una vuelta por las animada calles del Manama Bangali Golli, el barrio frecuentado por la comunidad bangali y otras como la paquistaní, india, nepalí y de Sri Lanka. Cenad en el famoso restaurante Kiwi, muy popular entre esta comunidad. Evitadlo los fines de semana porque está siempre a tope. Aquí podréis degustar la manera bengali del arroz biryani con pollo, que yo pedí lo menos picante posible. También degustamos el cordero picante, aunque estaba demasiado fuerte para mi. De postre pedimos unos dulces que tienen expuestos en el mostrador bastante ricos, con sabor a coco. 

Si preferís probar la comidad del subcontinente indio en un ambiente de lujo, dirigíos al Nirvana, el restaurante indio del Ritz-Carlton. El restaurante ofrece pocas mesas, en un entorno con luces bajas, decoración barroca y sobretodo, música tradicional del subcontinente indio en directo, con dos músicos tocando instrumentos tradicionales. Impecable.

Dicen que en Bahrain hay buena fiesta. De hecho, es donde cientos de Saudíes de la provicina oriental llegan cada fin de semana para pasarlo bien y poder escuchar música y beber algo de alcohol. Bahrein es el país del Golfo más liberal de todos. Aunque la verdad yo no salí de fiesta ni una vez. Me dejo eso pendiente, así como ver el famoso Árbol de la Vida en el desierto. 

dimarts, 14 de març de 2017

Doha

Doha imparable

La primera vez que puse un pie en Qatar fue hace 10 años, en mi segundo viaje al pequeño país árabe, cuando tuve una escala lo suficientemente larga en mi vuelo a Manila como para salir del aeropuerto. Recuerdo que era agosto y hacía un calor insufrible. Salíamos del taxi para tomar un par de fotos en momentos concretos y enseguida nos metíamos de nuevo, a refugiarnos en el potente aire acondicionado. Nos hicimos unas fotos en el paseo marítimo, conocido como Corniche, que daba al skyline en construcción de Doha, con el bonito Museo de Arte Islámico en primer plano. Luego nos dirigimos a la zona conocida como "La Perla", una marina con grandes rascacielos de lujo y varias boutiques: todo estaba desierto. También fuimos al antiguo zoco, casi desierto, donde lo más interesante era la zona de venta de camellos, situados en diferentes puestos al sol donde casi morimos achicharrados.

Recuerdo que el aeropuerto de Doha era bastante pequeño y feo, con tiendas minúsculas y una oferta gastronómica deplorable, mayormente basada en fritanga y croissants revenidos.

En cambio, mi segunda visita fue muy diferente. Era en febrero, con lo que el clima era fresco. El paseo marítimo bullía en actividad y el skyline de la ciudad había crecido de forma espectacular con impresionantes rascacielos, especialmente la Doha Tower de Jean Nouvel, el mismo que diseñó el Palau de Congressos de mi ciudad, València.

Nos quedamos una noche, en el fantástico hotel W, modernísimo y con un personal que se le podría describir como "cool", tanto por su manera de relacionarse con los clientes como por su estética. Lo único malo del hotel son las vistas de las habitaciones, que dan a un feo parking. Desde luego, lo estupendas que son las habitaciones, la comodidad de las camas o el desayuno tan divertido y sano que ofrecen, lo compensan.

El Museo de Arte Islámico

La tarde la dedicamos a visitar el Museo de Arte Islámico de Doha o MIA, que me quedó pendiente la primera vez. Diseñado por el legendario I. M. Pei, mismo arquitecto que diseñó las controvertidas pirámides del Louvre en París, el museo es espectacular. El arquitecto se empapó de la historia y la cultura musulmana para adaptar su estilo a las tradiciones arquitectónicas del Islam, con un cubismo presente tanto en las mezquitas egipcias del siglo X como en la Alhambra de Granada. Pero no sólo la arquitectura impresiona: el museo contiene la mayor colección de arte islámico del mundo: desde los inicios en el siglo VII hasta finales del siglo XIX, con ejemplares de caligrafía, alfombras de seda, espadas otomanas o cerámicas encontradas en todo el mundo musulmán, desde Marruecos a China. Una de las salas más bonitas es aquella donde se muestran ejemplares de estatuas, caligrafías y bordados en los que se representan animales y personas, explicando que en el Islam si se han representado personas y animales en determinados momentos y épocas (los leones de la Alhambra son un muy buen ejemplo), a pesar del mito general de que siempre ha estado prohibido.

Arriba de todo, en la sala de exposiciones temporales, había una pequeña colección de objectos y fotografías de Mohammed Ali, el legendario boxeador, que pasó largas temporadas en Qatar. Por cierto, el acceso al museo es totalmente gratuito.

Esa noche volvimos a "La Perla", mucho más concurrida, con restaurantes de todo tipo llenos y gente paseando por los diferentes bulevares, además de cientos de yates amarrados en su marina. Finalmente, antes de volver, pasamos un buen rato en el nuevo aeropuerto de Doha, que no tiene nada que ver con el antiguo aeródromo al que llegué hace diez años. El nuevo aeropuerto es gigantesco, lleno de todo tipo de tiendas y restaurantes, con butacas cómodas para esperar y un gran oso de peluche amarillo en el centro decorándolo todo. Sin lugar a dudas uno de los mejores aeropuertos del mundo, junto con el de Estambul. 

Mi imagen de Doha cambió por completo y ahora la veo como una ciudad agradable para vivir, aunque no sé si en el largo plazo podría acabar haciéndose aburrida.

divendres, 3 de març de 2017

Nikko

Tierra de budismo tendai

Una estupenda excursión de un día desde Tokyo es Nikko. Actualmente declarado Parque Nacional, y cuyo santuario es reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, Nikko cuenta con uno de los santuarios más importantes de Japón y el más importante de la era del sogunato, cuando los samurais gobernaban Japón.

Hay muchas formas de llegar a Nikko: dos compañías de ferrocarril, JR East y Tobu, la conectan por Tokyo por diferentes rutas. Yo tomé el shinkansen hasta Utsunomiya y de ahí cambié a un tren local hasta llegar a Nikko, ya que tenía el JR East Pass. Llegué a la estación de JR en Nikko, diseñada por Frank Lloyd Wright, es la estación de madera más antigua de Japón aún funcionando. Además de en Estados Unidos, el famoso arquitecto también vivió y trabajó en Japón, por lo que el país cuenta con importante parte de su legado. La estación de Nikko, en concreto, mezcla el concepto norteamericano de estación de ferrocarril rural con una ligera influencia de las formas japonesas que se mezclan de una forma sutil dando como resultado un edificio de gran elegancia y discreción.

Me dirigí a la calle principal, conocida como la Nihon Romantinc Highway, bastante empinada, en dirección al santuario. Paré a almorzar en Meguri, una antigua tienda de arte reconvertida en restaurante vegano por una silenciosa pareja que cocina y sirve las pocas mesas en tatami que tiene el local. La gran influencia del budismo en Nikko hizo muy popular aquí la shojin ryori, o cocina budista vegana, así que no iba a quedarme sin probarla. Pedí el menú del día, que constaba de un arroz hervido orgánico con trozos de mango, un surtido de verduras frescas cortadas con tanto cuidado y arte como solo podría hacer un japonés y un bol de sopa de curry japonés con verduras. Mientras degustaba tan sano almuerzo no pude dejar de admirar la antigua pintura tradicional del techo.

Mausoleo del fundador del sogunato

Remonté la carretera hasta llegar al famoso puente Shin-kyo, un icónico puente rojo ovalado donde, según la tradición, Shodo Shonin cruzó el río Daiya a lomos de dos serpientes gigantes. Ahora os estaréis preguntando: ¿y quién es el tal Shonin? Lo mismo me pregunté yo, así que me fui a los paneles informativos para repasar la historia del lugar: todo empezó a mediados del siglo VIII cuando el tal Shodo Shonin, un sacerdote budista, fundó una ermita en estas montañas. Durante siglos, estas colinas atrajeron a cientos de monjes buscando instrucción y retiro. Sin embargo, es en 1617 cuando Nikko se convierte en un gran santuario. Ese año, el sogunato decide enterrar a Tokugawa Ieyasu, samurái fundador del sogunato en Japón, sistema que rigió el país por 250 años. En Nikko le construyeron su mausoleo, que aún puede visitarse. De hecho, fue a lo primero que me dirigí. Remontando empinadas escaleras flanqueadas de muros de piedra llenos de musgo y pasando diversos santuarios llegué hasta el de Tosho-gu, donde el nieto de Ieyasu, construyó para su abuelo el colosal santuario actual, empleando a 15,000 artesanos de todo Japón. Atravesé el impresionante Omote-sando, un larguísimo bulevar flanqueado de altísimos cedros, hasta llegar a la Ishi-doori, hecha de piedra, que da paso a una explanada donde está la Gojunoto, una pagoda de cinco pisos y la Omote-mon, la puerta principal del templo, flanqueada por los reyes Deva. Entré en el primer patio del templo, donde están los tres almacenes sagrados del templo, uno de los cuales destaca por su bellísima decoración de elefantes. El mérito del artista fue que nunca pudo ver a estos animales, por lo que los representó gracias a su imaginación. Otro de los almacenes cuenta con un relieve donde se ven los tres famosos monos del budismo Tendai que representan el principio de "no escuchar el mal, no ver el mal y no decir el mal". Subí las empinadas escaleras hasta llegar a la deslumbrante puerta del atardecer "Yomei-mon", abarrotada de tallas de colores, pan de oro y pinturas de motivos chinescos. Sus artesanos, conscientes de su esplendor, y temerosos de despertar la envidia de los dioses, colocaron a propósito la última columna del revés para evitar una obra tan perfecta.

Salí al patio interior del Tosho-gu, donde una bellísima sala de culto tiene en el techo las pinturas de cien dragones distintos, en lo alto de la cenefa, rodean la sala los retratos de los 36 poetas inmortales de Kyoto mientras que en la gran puerta corrediza está pintado un "kirin", bestia mitológica mitad jirafa mitad dragón. Me dirigí ya hacia la tumba de Ieyasu, pasando por uno de los pasillos cubiertos del patio, en la puerta presidida por la famosa escultura de madera del Nemuri-neko, o gato dormido, famoso por su gran realismo, aunque su pequeño tamaño hace que pase desapercibido para muchos de los turistas que me empujaban por todo lado. Desde allí, me dispuse a remontar unas empinadísimas escaleras flanqueadas de cedros que me llevaron hasta la solemne Okumiya, o tumba de Ieyasu. A pesar de que habían más turistas de lo que me hubiera gustado, sentí mucha paz en aquel lugar, sin duda los artesanos habían logrado el objetivo de honrar a la memoria del guerrero fundador del sogunato a través de los siglos.

Un dragón llorón y dulces con alubias y soja

Antes de dejar el Tosho-gu visité su templo más turístico, el Honji-do, cuya famosa sala principal tiene representado en el techo al Nakiryu, o dragón que llora. Como había tantos turistas, nos fueron dividiendo por grupos para entrar a turnos a la sala. Una vez allí, uno de los monjes fue golpeando dos palos entre sí alrededor de la sala. Al final, se situó justo debajo de la boca del dragón y los golpeó de nuevo, generando un sonido único, muy similar al de un lloro, debido a la curiosa acústica de la sala diseñada para crear este efecto único. Todos los turistas soltamos un "ohhhh" al unisono. Por cierto, que en todos estos templos está prohibido hacer fotografías

Me encantó conocer tan bello santuario, desde luego tanto el entorno natural como la arquitectura tradicional son espectaculares. Como ya empezaba a bajar el sol, empecé a volver, dejandome varios templos menores sin visitar. Ya los veré en otra ocasión. Antes de tomar el tren de vuelta en la estación, me aseguré de merendar bien probando los diferentes dulces típicos de Nikko. La primera para la hice en una pequeña tetería en la Nihon Romantic Highway, de bajada, llamada Yuzawaya, para probar sus afamados manju (bollitos rellenos de pasta dulce de alubias azuki), que llevan haciendo desde 1804. La segunda parada de la merendola la hice en la explanada frente a las estaciones de tren, donde en una ventanita vendían age yuba manju, unos bollos de alubias dulces fritas rodeados de yuba, una especialidad de Nikko (y de la cocina vegana del budismo tendai) que es la tela que se forma al preparar el tofu, cortada a tiras. Los bollitos estaban deliciosos, y los sirven con un poco de cristales de sal marina espolvoreados por encima. Casi pierdo el tren de lo entusiasmado que estaba mientras me los comía. Desde luego, en términos de gastronomía, Japón siempre tiene buenas sorpresas escondidas.

Además de Nikko, otras posibles escapadas de un día desde Tokyo son Hakone y Kamakura.

dijous, 23 de febrer de 2017

Nara

Toda visita a Kioto, la ciudad más visitada de Japón, no queda completa sin una escapada en tren a Nara, una pequeña ciudad conocida por albergar al Buda más grande de Japón (y uno de los mayores del mundo) así como por los ciervos en libertad que habitan sus parques y bosques. Nara fue la  primera capital japonesa, solo por 75 años, en el siglo VIII, cuando se empezaba a consolidar un incipiente gobierno central, dando gran prosperidad a la ciudad. Templos  budistas y sintoístas crecieron alrededor del primer palacio imperial en una era de grandes cambios políticos y culturales. Después de Kioto, Nara es la ciudad con más sitios UNESCO de Japón.

Al llegar a la ciudad nos dirigimos a pie a ver a su famoso Gran Buda. Empezamos a atravesar enormes parques plagados de descarados ciervos que me recordaron a los de Miyajima. Suntuosas construcciones de madera se alzaban aquí y allá, recordándonos la grandiosidad pasada de Nara. La ciudad está situada en el extremo norte de una llanura, donde los primeros miembros del clan Yamato tomaron el poder como primeros emperadores de Japón. Las reformas budistas de esos años eliminaron los tabúes sintoístas de cambiar de capital cada vez que el emperador moría, y se decretó construir la primera capital permanente. Se plantearon varias opciones y finalmente se eligió Nara en el año 710 (por aquel entonces se llamaba Heijokyo). Su capitalidad solo duró 75 años debido a los miedos imperiales de que el creciente poder del clero budista acantonado en los espléndidos nuevos templos les arrebatara el poder. El hecho que desencadenó el traslado de la capital a 35km al norte, a Kioto, fueron los intentos del sacerdote Dokyo de usurpar el trono imperial seduciendo a la emperatriz. A pesar del corto periodo de capitalidad de Nara, sus años imperiales fueron fundamentalmente cuando Japón absorbió grandes influencias chinas no sólo en la religión a través del budismo pero también de la lengua, el arte y la arquitectura, estableciendo los cimientos de la civilización japonesa. Perder su capitalidad fue también una inesperada bendición ya que Nara evitó la mayoría de guerras y ataques que sí sufrió Kioto, permitiendole conservar un gran número de templos casi intactos a través de los siglos.

La mayoría de elementos turísticos se encuentran en la zona del Nara-koen, un conjunto de parques y bosques a los pies del monte Wakakusa-yama. Los más de mil ciervos que pueblan esta zona son considerados Tesoro Nacional y datan originalmente de la época pre-budista, cuando eran considerados mensajeros de los dioses. Vendedores ambulantes venden galletas para ciervos que los niños compran compulsivamente para atraer al mayor número posible de estos animales y poder acariciarlos. Sin embargo, el gran protagonista de la ciudad es el Daibutsu, el Gran Buda, alojado en Todai-ji, un gigantesco templo de madera que destaca por su gigantismo en mitad de una amplia pradera.

Antes de llegar al templo, atravesamos el Nandai-mon, una enorme puerta custodiada por guardianes Nio, consideradas de las mejores de Japón. Talladas en madera en el siglo XIII, representan a los musculosos guardianes que viajaron con Buda, protectores de diversos peligros, según la tradición popular japonesa.

El Todai-ji impresiona por ser una enorme mole de madera en mitad de una pradera. De hecho, se trata del mayor edificio de madera del mundo. Al entrar al templo no pude sino alzar los ojos al tremendo buda de bronce que ocupa el centro del amplio espacio. La estatua data del año 746 y sigue siendo una de las más estatuas de bronce grandes del planeta con sus 16 metros de alto y sus 437 toneladas de bronce. También cuenta con elementos de oro puro, que juntos suman 130 kilos. El Daibutsu o Gran Buda representa al Buda cósmico que creó todos los mundos y sus budas respectivos. El emperador mandó crear esta estatua para proteger a su población contra la viruela que en aquella época era una de las principales causas de mortalidad en Japón. A ambos lados encontramos estatuas algo más pequeñas de 

Dimos la vuelta al templo, siguiendo el sentido de las agujas del reloj, para admirar sus variados tesoros. Casi al final vimos uno de los grandes pilares con un estrecho agujero por la mitad. Las familias con niños pequeños hacían cola para que estos lo pudieran atravesar, en un pequeño ritual muy apreciado entre los japoneses. Este agujero tiene el mismo tamaño que las fosas nasales de la estatua del Gran Buda. Se piensa que quien pueda atravesarlo alcanzará la iluminación.

Continuamos paseando por el bello parque, disfrutando de los colores de otoño que nos ofrecían los frondosos árboles. Como teníamos ya hambre nos dirigimos hacia uno de los barrios cercanos a la estación, y en una de las galerías comerciales cubiertas, la Higashi-muki Shotengai, nos metimos en un restaurante especializado en gastronomía local, decorado de forma elegante pero sobria, donde pedimos un menú de mediodía de kaki-no-ha-sushi, que es un sushi envuelto en hojas de caqui (que no se comen, por cierto), además de otros platos de setas y otros productos frescos del otoño japonés.

Las horas que pasé en Nara no fueron, ni de lejos, suficientes para explorar todo lo que esta pequeña población ofrece, así que tendré que volver en una futura visita a Japón. 

dilluns, 6 de febrer de 2017

Kobe & Okayama

Kobe

Kobe fue una de las primeras ciudades japonesas en abrirse a los extranjeros. Antes del cierre de Japón por parte del shogunato, su puerto ya había sido frecuentemente usado por comerciantes chinos. Tras la apertura de la era Meiji, el puerto de Kobe se convirtió en una de las entradas de todo lo Occidental. Y eso se respira por sus calles. La ciudad es conocida por su abundancia de panaderías que ofrecen recetas francesas y alguna italiana con toques japoneses, ya sea sabores, olores, ingredientes o formas a la japonesa. Además, fue aquí donde vi por primera vez un restaurante austriaco (en toda mi vida vaya). De hecho, para los interesados, se encuentra en la calle paralela a la calle principal del Chinatown de Kobe o Nankinmachi.

Kobe es conocida en todo el mundo por su excelente carne de res. Como entrevistábamos al presidente de su puerto justo antes de que empezaran unos días festivos en Japón, aproveché para quedarme y explorar la costa del mar interior de Japón. En la estación de Shin-Kobe, compré el JR West Pass que por 14,000 yenes permite tomar de forma ilimitada los trenes de JR (incluyendo la línea de Shinkansen) e incluso el ferry a Miyajima de forma ilimitada. Yo con este pase visité Himeji, Okayama, Naoshima, Hiroshima y Miyajima.

La visita empezó en el Sky Lounge del Hotel Kobe Portopia, invitados por nuestro cliente. Como el hotel está en las tierras ganadas al mar donde también se encuentra el nuevo puerto, las vistas de la ciudad eran espectaculares. Desde aquel piso 35 pude admirar la gran cadena montañosa que parecía hacer de muralla gigante, los rascacielos y la costa, presentando la belleza de Kobe en un panorama sin igual.

En mitad del bullicio de la ciudad se encuentra el santuario sintoísta de Ikuta, fundado nada más y nada menos que en el año 201. Este santuario de madera, donde se fabricó sake por siglos, sobrevivió milagrosamente a lo largo del tiempo, siendo lugar de reunión de los habitantes del barrio durante calamidades, bombardeos o terremotos (el último el de 1995). Rodeado de un pequeño bosque de alcanforeros y un estanque, este lugar es un remanso de paz que huele al incienso de las barras ardiendo que dejan los fieles.

Ternera de Kobe y un barrio chino

Me entró el hambre, y como ya había probado la carne buena de Kobe en Tokyo un par de veces (y barata no es), me decanté esta vez por una hamburguesa de Kobe, algo más asequible. Para ello fui a Wanto Burger, en Shimo-Yamate dori. Aunque estaba muy buena, no tiene ni punto de comparación con un buen filete de Kobe , que se deshace en la boca (no hace falta ni masticar). Son muchos los rumores sobre el porqué de la calidad de esta carne. Uno de los más extendidos es que se alimenta a las vacas con cerveza, se les dan masajes y se les pone música clásica en el establo. Pero la asociación de ganaderos de Kobe lo desmiente. En realidad, ellos explican que la calidad es debida a la raza de vaca: la carne de las vacas negras japonesas nacidas, criadas y sacrificadas en esta prefectura son consideradas las de mejor calidad del mundo. 

Tras la comida, decidí quedarme un par de días en Kobe, en un hotel cápsula que contaba con unos baños termales japoneses estupendos. Las aguas, con propiedades medicinales, salen directamente de una fuente termal de la cadena de montañas pegada a la ciudad. Los hoteles cápsula en Japón son muy curiosos: a uno le asignan su cápsula, en la que tiene enchufes, una mini-tele, luz y aire acondicionado, además de un pijama. Luego tienes un gran armario con llave para dejar tus cosas. En esa misma sala hay sofás y teles, además de una ristra de pilas perfectamente limpias con todo tipo de productos de aseo que podamos necesitar: desde cremas y gomina hasta maquinillas de afeitar desechables o cepillos de dientes. Luego están los baños: en general, los hoteles cápsula cuentan con un gran "onsen" donde los clientes pueden relajarse y asearse. En mi pasada entrada sobre Kagoshima expliqué el protocolo a seguir en un onsen japonés. 

Tras instalarme, me fui a dar una vuelta por la agradable ciudad. En una de las calles había una especie de imitación de una serie de fachadas de una ciudad francesa del sur, aunque algo mal hecha ya que parecía más bien sacado de un parque de atracciones barato. En cualquier caso, el resto de la ciudad era muy agradable, una especie de fusión entre ciudad europea y japonesa. Acabé el paseo por Nankinmachi, el barrio en el que se asentaron decenas de comerciantes chinos cuando Japón se abrió al mundo. Es parecido a otros barrios chinos de grandes ciudades aunque este es particularmente colorido y ordenado. Las decoraciones meticulosas llaman la atención, especialmente la plaza central, con estatuas de los diferentes signos del horóscopo chino. Restaurantes chinos se alinean uno tras otro, solo interrumpidos por tiendas de baratijas así como herboristerías. También hay numerosos puesto de comida callejera que ofrecen diversas especialidades chinas. Yo piqué de allí y allá mientras disfrutaba de un barullo diferente al del Japón habitual.  

Volví a mi hotel paseando, cruzando media ciudad. Me sorprendió el cosmopolitismo de Kobe a pesar de su pequeño tamaño. Boutiques enormes de Louis Vuitton, de Hermes, de Prada, de Gucci, enormes rascacielos de oficinas, elegantes tiendas de grandes almacenes, restaurantes de las más variadas nacionalidades... mientras, en lo alto de la montaña, habían iluminada una forma de ancla, símbolo de la ciudad.

Okayama

El día después, para estar más cerca de mis otros destinos (Hiroshima, Miyajima y Naoshima) me trasladé a la ciudad de Okayama, a mitad camino de todo, y convenientemente conectada al Shinkansen. Como era temporada alta (la conocida en Japón como silver week), la mayoría de alojamientos de los grandes puntos turísticos estaban completos. Okayama, al ser menos concida, contaba con algunos hoteles de gama media que tenían habitaciones disponibles. Escogí uno que estaba en el bonito canal que atraviesa la ciudad de norte a sur, jalonado de puentecitos y restaurantes a ambos lados. 

Okayama es conocida en Japón como la ciudad de Momotaro, un niño héroe que mató a un demonio en una de las leyendas más conocidas del país. Se cuenta que Momotaro nació del hueso de un melocotón. Con la ayuda de un mono, un faisán y un perro venció a un demonio de tres ojos y tres dedos que devoraba a la gente. Una estatua del niño melocotón recibe a todos los viajeros en la estación de Okayama. Además, su cara sonriente está en todas las alcantarillas de la ciudad.

Aunque mi idea era de estar en Okayama solo para dormir, acabé dedicándole una mañana de mis mini-vacaciones para visitar Koraku-en, que es el gran jardín de la ciudad, considerado uno de los tres más bellos de Japón. Tomé uno de los tranvías vintage que aún recorren sus calles hasta la parada de Shiroshita y allí crucé el amplio cauce del río Asahi por la estrecha pasarela bajo el castillo de Okayama para entrar en Koraku-en. Originalmente, este jardín se construyó por orden del daimio (jefe de samurais) Ikeda Tsunemasa, terminándose en el año 1700. Con la revolución Meiji y el fin del feudalismo japonés y de los samurais, el jardín abrió sus puertas al público en 1884. Me sorprendieron sus enormes extensiones de césped, salpicadas de tanto en tanto por estanques, casas de té y otros edificios del periodo Edo. El jardín mantiene las plantaciones de diversos comestibles que tenían los antiguos daimios por lo que aún se pueden disfrutar sus plantaciones de té, arrozales así como los diferentes huertos de árboles frutales, donde destacaban los de ume, conocido como el albaricoque japonés. También hay un gran depósito de agua lleno de lotos. Como era pleno verano, sus flores blancas lucían radiantes, casi todas totalmente abiertas.

Curioseando por los puestecitos del parque vi que en uno vendían el recuerdo más típico de Okayama, que son los kibi-dango, unas bolas blancas parecidas a las de mochi y elaboradas con harina de mijo, que aún hoy se comen en recuerdo de Momotaro, el niño melocotón que antes mencioné. Tenían tanto las clásicas blancas con sabor original como las que tienen una esencia a melocotón. Compré dos paquetitos antes de dejar el parque.

Paseando de vuelta de vuelta al hotel admiré desde lejos el gran castillo negro de la ciudad, donde destacan sus doradas gárgolas, en forma de peces que agitan sus colas. Decidí no entrar al castillo, no sólo porque después del de Himeji se me quedan cortos el resto de castillos japoneses, sino porque este es una reconstrucción de 1966, ya que el original fue destruido en el Segunda Guerra Mundial. Aquella noche cené en el Ajitsukasa Nomura, un tranquilo restaurante decorado en bambú donde solo sirven la especialidad local: el demi-katsudon, que son chuletas de cerdo fritas con salsa semi-glaseada, guisantes y arroz. Simplemente meted el dinero en la máquina, apretad el botón del menú elegido y dad el tique a uno de los camareros. La comida no tardará. La salsa semi-glaseada es de color marrón oscuro, muy espesa y con un regusto final a chocolate. Originalmente de la gastronomía francesa, los japoneses la adaptaron a su gusto y en Okayama acabó formando parte de la tradición culinaria local. 

Tanto Kobe como Okayama son ciudades que no suelen formar parte de una visita típica a Japón. Sin embargo, tuve la suerte de poder visitarlas debido a las circunstancias, de dormir en ellas. Es por eso que pude descubrir parte de su gastronomía y de algunos de sus tesoros escondidos. Sin embargo, si estáis en Japón solo por una semana o dos, no recomendaría en ningún caso incluirlas en vuestra ruta.