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dimarts, 31 de gener de 2017

Naoshima

Una isla de arte contemporáneo

Uno de los lugares más fascinantes de Japón es la pequeña isla de Naoshima, en el mar interior de Seto, uno de los mares que conforman el mar interior de Japón. Desde que en los años 90 la Benesse Corporation (dueña de las academias Berlitz de las que fui profesor) instaló en esta isla su colección de arte moderno, creando el Benesse Art Site, Naoshima no ha parado de transformarse. De ser un villorrio donde subsistían pescadores y jubilados con sus pensiones, la isla atrae ahora a amantes del arte moderno de todo el mundo, con nuevos museos abriendo sus puertas y artistas contemporáneos llegando de todos los rincones del globo. Nuevos restaurantes de slow food abren sus puertas junto a hoteles boutique, galerías de arte y tiendas de diseño.    

En mi viaje desde Kobe hasta Hiroshima, con parada en Himeji, decidí dedicar un día a Naoshima. Me llamaba muchísimo la atención uno de sus monumentos más famosos: la calabaza amarilla de Kusama Yayoi. Como me estaba quedando en Okayama, tomé el tren regional hasta Uno y allí, al lado de la estación, me dirigí en ferry hasta Honmura, uno de los dos puertos de Naoshima.

Honmura y el Art House Project

Los principales puntos de interés de la isla están en tres puntos: el Benesse Art Site y las poblaciones de Miyanoura y Honmura, que es a la que yo llegué. Allí empecé haciendo la ruta de las seis casas tradicionales cedidas a artistas contemporáneos. Estos las han usado como marco para sus instalaciones en un proyecto conocido como Art House Project. El objetivo es que estas casas (y un templo sintoísta) que tienen, de media, más de 200 años, sirvan como contenedor de obras e instalaciones ultra recientes y rompedoras. Me dirigí a la primera casa, "Haisha", decorada de colores raros y que a simple vista parece una casa en ruinas, o una chabola, recubierta de materiales de desecho, como planchas metálicas oxidadas o maderas carcomidas. En ella, el artista Otake Shrinro ha decorado cada habitación de manera muy diferente, donde destaca la gran estatua de la libertad blanca que atraviesa los dos pisos de la casa. Allí mismo compré la entrada para el resto de las casas y me pusieron el sello de esta primera. Las casas están esparcidas por la población de manera que su visita también implica varios paseos por Honmura, y por tanto, interacciones con el día a día de los vecinos de esta minúscula población de calles de un sólo sentido. La ruta de las seis casas os llevará más o menos una mañana hacerla. Recomiendo empezar por "Minamidera", un edificio de nueva construcción en el que se muestra, en turnos de cada 15 minutos (de ahí que lo más sensato es acudir lo primero de todo para apuntarse en uno de los turnos), la sorprendente instalación del estadounidense James Turrell. Allí se entra, y se espera, en la oscuridad total y absoluta, hasta que nuestros ojos se acostumbren y disfrutemos de algo... único. No diré más para no estropear la sorpresa y reacciones que el artista espera de su obra, cuyo misterioso título es "The Backside of the Moon".

Personalmente me encantaron los cuadros de la casa "Ishibashi", especialmente The Falls, de Hiroshi Senju, un artista japonés que pinta gigantescos cuadros de cascadas utilizando técnicas tradicionales de la pintura japonesa. La serie de cuadros expuestos en una de las habitaciones restauradas me produjeron gran relajación, con un efecto casi hipnótico por el que no podía parar de observarlos. También me pareció muy interesante una de las obras de Tatsuo Miyajima, en la sala principal de la casa "Kadoya": sobre una lámina de agua, 125 contadores de LED que van del 1 al 9, muestran los números en los colores rojo, verde y azul en una cuenta atrás infinita. El artista pidió a cada vecino del pueblo poner un contador a la velocidad que desearan. La obra se llama "Sea of Time 98" y es bastante curiosa. Finalmente, al aire libre se encuentra el santuario de Go´o, restaurado por el artista Hiroshi Sugimoto, que le incluyó unas escaleras de cristal óptico que van desde la sala subterránea de piedra hasta el santuario de madera en lo alto. Bajando por la colina se puede entrar a la cámara subterránea, donde empiezan las escaleras, a través de un estrecho tramo de lisas y altas paredes por las que, al salir, iremos divisando la luz y el mar poco a poco, como si volviéramos a la vida. 

En Honmura hay también un lounge en mitad del pueblo en el que se venden libros de arte muy interesantes así como recuerdos de diseño que harán las delicias de los viajeros más exigentes. Allí es donde se espera para tomar el bus gratuito que lleva hasta el Benesse Art Site. Pero como ya tenía hambre, fui a Café Salón Naka-Oku, en mitad de una colina, tras pasar unos campos a las afueras de la población. En el local, situado en una antigua casa de madera, y cuyas mesas se distribuyen en un acogedor tatami, lo tradicional convive con lo rabiosamente contemporáneo, con música chill out de fondo. Allí sirven omuraisu, un arroz frito de verduras cubierto por una finísima tortilla de huevo acompañada de salsa de tomate casera o una de curry, a elegir. El menú incluye una bola de puré frío de patatas orgánicas, con las pieles y todo, que está espectacular. Para beber pedí un zumo de frutas recién hecho.

El Benesse Art Site

Una vez saciado, tomé el bus hasta la playa de la Benesse House, un hotel boutique que forma parte del complejo del Benesse Art Site. En el muelle de esta playa está la escultura de la calabaza amarilla, símbolo de Naoshima. La artista Kusama Yayoi hizo esta calabaza, añadiéndole un patrón óptico de círculos negros, tras el éxito de su colección de calabazas rojas en la Bienal de Venecia de 1993. Había mucha fila para tomarse la foto con la preciosa calabaza, así que decidí tomarle foto a la obra sin mi. Continué caminando por el complejo hotelero hasta llegar al Museo Benesse House, donde nació todo este movimiento que puso Naoshima patas arriba. El edificio, diseñado por el genio Ando Tadao, fusiona arquitectura, arte y coexistencia con la naturaleza. Sus salas acogen una colección de arte contemporáneo espectacular, con cuadros de flores de Andy Warhol en su cafetería, la "Venus Bleue" del artista Yves Klein, o mi obra favorita del museo: "The Forbidden Box" de Yukinori Yanagi. De una caja sale una tela transparente sobre la que está impresa una foto de la bomba atómica publicada por un periódico japonés en 1946. Detrás de la tela hay otra en la que está impreso el borrador del artículo 9 de la Constitución japonesa, escrito por el mismísimo General Douglas McArthur, en el que Japón renunciaba a la guerra como derecho soberano y al uso de la fuerza o a la amenaza en las relaciones internacionales. En la tela de delante está impreso el artículo 9 tal y como se encuentra hoy en la Constitución, mucho más apaciguador, tanto en japonés como en inglés. La obra tiene una fuerza y un significado que impactará a cualquier amante del arte, de la historia y de la política.

Además de las interesantes obras de arte del museo, la propia arquitectura del edificio y el juego que hace con el cielo, las montañas, la flora y el mar es impactante. En uno de los patios, dos gigantescas piedras planas nos permiten tumbarnos en ellas y admirar un pequeño círculo de cielo que se abre al final de las altas y lisas paredes. El Museo Benesse House cuenta además con dos plantas dedicadas a habitaciones en las que cada una tiene en su interior un par de obra del museo que el huésped podrá disfrutar en exclusiva y en privado.

Ferry desde Miyanoura

Como ya estaba fatigado y saturado de arte, dejé el complejo del Benesse Art Site y me dirigí hacia mi última parada en Naoshima: Miyanoura. Allí están los baños "I Heart Yu" que combinan los baños tradicionales japoneses con esculturas de arte contemporáneo. Presidiéndolo todo está la estatua gigante de un elefante. Pero estaba anocheciendo y me apetecía volver a mi hotel de Okayama a relajarme así que decidí no entrar. En el puerto me esperaba otra calabaza gigante de Yayoi, esta vez roja y con la posibilidad de meterse en su interior a través de uno de sus puntos negros gigantes. Mientras esperaba la llegada del ferry, me compré unas takoyaki en un puesto cercano. Los takoyaki son unos pequeños buñuelos con un trocito de pulpo a la plancha cada uno en su interior que llevan copos de bonito seco por encima, además de la salsa takoyaki. Disfruté de esta popular comida de calle en la cubierta del barco, viendo las costas llenas de pinos de Naoshima hacerse cada vez más pequeñas mientras me acercaba al puerto de Uno, desde donde tomaría un tren regional de vuelta a Okayama.

Naoshima me encantó: con sus pinos, su tranquilo mar, sus calas y su luz me recordó mucho a mi querido Mediterráneo. Me dejé sin visitar los otros dos museos de Benesse Art Site: ni el Museo de Arte Chichu ni el Lee Ufan. Tampoco me bañé en el moderno Naoshima Bath I Heart Yu. Así que, la próxima vez que visite Japón, Naoshima estará en mis listas prioritarias, espero incluso que para pasar una noche o más allí.

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